Nunca olvides la cartera. Por las características de la asignatura a cubrir, no le di mayor importancia al hecho de haber olvidado la cartera. Sin darme cuenta, salí de casa sin dinero. Bueno, eso de sin dinero es una exageración. Salí con un billete de 20 pesos todo hecho bola sobre uno de los bolsillos, rumbo a la fase clasificatoria a la Olimpiada Nacional, ese evento financiado por el estado y por lo mismo gratuito para cualquiera que se acerque a ver. Preferí adelantar una o dos entrevistas a técnicos y gimnastas, antes de volver a casa por el objeto olvidado que, para ser sincero, a esa altura de la semana, apenas era habitado por un billete rojizo de 100. Y así, con los dos bolsillos traseros del pantalón en igualdad de circunstancias, llegué al legendario gimnasio de la colonia Hidalgo (o el gimnasio del olímpico o el Montserrat o el Elite MARR). Y lo que vi me dejó helado. Era un letrero pegado sobre la puerta a manera de recibimiento hacia los atletas y sus padres, llegados de los diferentes puntos de Baja California: “Coop. $30 por persona”. Por fortuna, la mochila no la olvidé. Ahí acostumbro a llevar el gafete de prensa.
El hombre del casino. Nunca he tenido el menor interés por entrar a uno. Lo he hecho aunque por otros motivos, una rueda de prensa o algún desayuno con amigos dentro del comedor con que cuentan algunos. Tentar ese tipo de aficiones conlleva un riesgo irreversible. Igual no pasa nada. Tiro dos o tres monedas y salgo del casino como si jamás hubiera pasado por ahí. Pero para qué. Igual y pasa algo. Y esas dos monedas pueden convertirse en cuatro o cinco y luego seis y así la sucesión. Tampoco me veo experimentando ese sentimiento de culpa, la mirada gacha, el desentendimiento que se apodera de cuanto aficionado al juego he encontrado al pasar por uno de los tantos que abundan en esta como en tantas ciudades. Un tiempo, sobre todo, vi a un montón de conocidos en uno de esos lugares. Transmitía un programa de radio en un hotel vecino, sobre la esquina de la calle primera. Justo el salón que servía como cabina de radio coincidía con una de las áreas del casino. Y ahí sentados un montón de hombres de todas las edades hipnotizados frente a los monitores. Ya fueran galgos o caballos, las miradas cambiaban de una pantalla a otra con la misma zozobra. Y siempre ahí, esos días en que salíamos o entrábamos a la transmisión, las mismas caras con las mismas angustias transformadas en muecas. Era un día de 2014 y para redondear el programa nos faltaba un audio, una sola entrevista. Preferentemente, beisbolera. Entonces sólo hubo que voltear al casino en busca de una de esas caras que encontrábamos a diario. “El Mandinga” jugaba con las Mantarrayas, uno de los equipos protagonistas de la semifinal de la Liga IC. Y fue ahí, en el límite establecido por una de las puertas que conectaban el hotel con el casino. Lo llamé y tardó en salir. Al parecer, estaba por finalizar el asunto que seguía por el televisor. En la mano una papeleta y como respuesta frases cortas, breves, más bien ansiosas. Apenas la grabadora marcó un minuto, suficiente para incluir el audio en la guía del programa, y lo dejé ir. Antes, con su inconfundible acento, nos pidió un celular. Alex, mi compañero, le prestó el suyo. Necesitaba hacer llamadas. E hizo varias, nada breves, antes de volver a zambullirse en ese mundo de desesperanza, humo de cigarro y fortunas fugaces. Sólo lo vi esa vez fuera de un campo de beisbol. Y ahí parecía otro tan distinto al que en fotografías posaba con sudaderas oficiales de Tigres de Detroit al lado de su amigo Miguel Cabrera, la estrella a la que acudía a auxiliar cada temporada de Grandes Ligas. Mucho menos lucía como el prospecto que alguna vez fue. Aun frente a esa atmósfera sórdida en la que se desenvolvía con soltura, era imposible imaginar el final de “José Luis Aguilar (31), a quien supuestamente le efectuaron un disparo en el intercostal derecho y otro en el abdomen como resultado de una discusión dentro del local nocturno Zeus en Maracay, Venezuela”, según lo informado por medios locales de su país natal.
Box, box… Los entrenadores cruzan declaraciones, se enganchan, se apasionan. Los promotores, ni se diga. Uno en particular que reacciona hasta si vuela la mosca. El comisionado ha entrado al juego y cuestiona, juzga. Mientras tanto, los verdaderos protagonistas, los chicos que subirán a partirse la cara en busca de la trascendencia, tranquilos, se dedican a lo suyo sin meterse en líos. Una cosa es bien cierta, en Ensenada, el box ha resucitado.
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