#Cronografías
Por: Hugo Alfredo Hinojosa
CIUDAD DE MÉXICO 22 DE ABRIL DE 2026.- Hace unas semanas sostuve que hay una guerra que se libra antes de los balazos, con las ideas y las palabras, y que el Estado mexicano lleva décadas perdiéndola sin advertirlo. Sostuve también que nombrar es construir: que cada vez que una institución reproduce la geografía criminal como si fuera denominación de origen, le regala al crimen algo que el dinero no puede comprar del todo: el posicionamiento absoluto de una marca. Hace un par de días, un hombre subió a la cima de la Pirámide de la Luna en Teotihuacán, disparó contra turistas de al menos tres países, mató a una mujer canadiense, hirió a un niño colombiano de seis años, y luego se quitó la vida, y el argumento de la sanidad mental del individuo en sí no es relevante pues el hecho violento trasciende, sobre todo en nuestro país.
No hay un cártel detrás de este atentado, porque lo es, ni una plaza disputada. No hay siglas criminales en el comunicado oficial del gobierno como suele ocurrir. Hay un hombre, un arma, y el símbolo más antiguo de México convertido en escenario de horror de cara al mundo entero. Y precisamente porque no hay cártel, el evento resulta más revelador: la violencia ya no necesita estar organizada para destruir la percepción, por demás endeble, de un país. Ese es el verdadero diagnóstico que el gobierno federal no termina de leer, o que lee y prefiere archivar.
Así pues, la apuesta política del movimiento en el poder en México es comprensible en sus términos: sostener programas sociales, consolidar la base social, administrar la continuidad de un proyecto que se sabe temporal. Mientras la administración protege sus programas sociales, su bastión, con ferocidad, descuida el único activo que ningún presupuesto puede reponer: la percepción de estabilidad que el país necesita para seguir siendo viable ante sus propias comunidades y ante quienes invierten en él. Por supuesto que el gobierno en turno posee a los equipos de profesionales que desnudan lo que aquí escribo con precisión para sus bases, o eso esperaría, porque no veo reacción alguna para serenar el ánimo nacional.
Ahora bien, analicemos el tema desde las palabras de Simón Bolívar, qué mejor líder moral para mantener la neutralidad crítica y sobre todo eliminar lo sectario. Bolívar escribió, pues, que las buenas costumbres y no la fuerza son las columnas de las leyes.
Doscientos años después, México enfrenta la misma ecuación sin haberla resuelto del todo pues las buenas costumbres que son la resulta del pilar de moralidad humana están fragmentadas, no alimentadas y han desaparecido por completo de la educación cívica de todos los mexicanos porque es mucho más importante hablar de una inclusión ficticia de la totalidad de las comunidades en una sola masa. La pluralidad (regional, indígena, de género, inclusiva, et al) en México instrumentada desde el punto de vista del partido en el poder ha fracasado porque han hecho de la “pluralidad” un sinónimo de la “unión cultural absoluta”, nada más ajeno a la realidad. Así no existe la paz de raíz en ningún pueblo.
Y no se trata, pues, de lograr la paz, ningún país es pacífico en su médula. Los empresarios y los diplomáticos lo saben. Lo que el capital nacional e internacional calibra no es la ausencia de violencia sino la previsibilidad del caos. México ha funcionado durante décadas bajo esa lógica: los momentos turbios pasan y las inversiones se mantienen a pesar del desorden social, la maquinaria en sí misma avanza solo porque no responde a los intereses del Estado en sí. Ahora bien, lo que se está erosionando en nuestro país, o por lo menos es más visible que antes, no es la realidad sino el margen de tolerancia frente a ella y su caos. Teotihuacán no es un punto en una curva de la criminalidad mexicana sino otra más de sus caras que nos representa como país a nivel global. Vaya, el crimen tocó algo sagrado y no me refiero al simbolismo indigenista sino a uno de los rubros medulares de la economía nacional: el turismo.
De regreso a Bolívar, éste también esgrimía que: para el logro del triunfo siempre ha sido indispensable pasar por la senda de los sacrificios. Me explico: la estrategia que el gobierno federal no termina de asumir es precisamente: ceder para ganar. Reconocer el caos, nombrarlo con precisión, y transformar ese reconocimiento en acción coordinada. No como debilidad sino como autoridad. La población mexicana ya vive en esa realidad; no la descubre por las conferencias mañaneras ni por los comunicados del Gabinete de
Seguridad que pierden relevancia por las fugas de información que existen y para muestra el caso de los agentes de la CIA asesinados en Chihuahua, los medios de comunicación dan la información certera y las instituciones que procuran la justica tanto del Estado como de la Federación se contraponen en sus versiones.
Muchos de nosotros crecimos en ambientes donde la criminalidad era parte del día con día, una actividad cuasi ética aceptada. Lo que la gente, nuestra sociedad, espera no es que le expliquen lo que ya sabe, sino que alguien ejerza el poder con la suficiente honestidad para decir: esto ocurrió, se llama así, y aquí está lo que hacemos, aceptar que el país está sumido en un caos criminal. En cambio, lo que prevalece es el lenguaje del blindaje: el hecho se atiende, se lamenta, se enmarca en protocolos, y se disuelve en la siguiente conferencia matinal que, a mi parecer, es uno de los errores más graves de comunicación política moderna. Debilita más de lo que refuerza al ejecutivo.
La recomposición narrativa y discursiva que el país necesita no puede ocurrir de forma sectorial. Requiere que la Secretaría de Turismo, la Secretaría de Seguridad y la Secretaría de Economía, y otras tantas, hablen con una sola voz, articulada por el aparato de comunicación política del gobierno federal que nos ayude a cambiar la lógica del relato internacional: Jalisco no es el cártel. Teotihuacán no es el tirador. México no es el país más violento del mundo; este No es un país terrorista… Pero mientras el Estado no construya activamente esa distinción en el discurso público, los demás la construirán por él, y siempre lo harán peor. Tenemos que trabajar todos en contra del estereotipo que ya llevamos a cuestas por ser mexicanos y para fraseo a Bolívar: nuestra vida no es otra cosa que la herencia de nuestro país. Si eso es verdad, y lo es, entonces lo que se hereda no puede ser únicamente la deuda, el desorden y el corrido que glorifica al agresor.
La herencia se construye. Se legisla, sí, pero sobre todo se educa. Simón Bolívar insistió en que para formar un legislador se necesita educarlo en una escuela de moral, de justicia y de leyes. No existe política de seguridad sostenible sin esa base. El Estado puede perseguir a los criminales indefinidamente; mientras no forme ciudadanos que los rechacen por convicción propia, estará corriendo una carrera que siempre pierde.
No obstante, hay una apuesta que vale la pena hacer, aunque sea paradójica: si el mismo movimiento político, en este caso MORENA, que sostiene que el pueblo eligió este camino de cambio democrático en México tuviera la consistencia de apostar por generar en nuestro pueblo el rechazo activo a la violencia, no como consigna sino como transformación social real, habría encontrado el único territorio donde la polarización no rinde dividendos. Esto es, el rechazo a la violencia no tiene color partidista. No hay quien vote a favor de un tiroteo en una pirámide. Ahí está el único terreno donde ganar no implica dividir. Y siguiendo a Bolívar: las cosas para hacerlas bien es preciso hacerlas dos veces. México lleva décadas en el primer intento. Es hora de la segunda vuelta.
Lo primero que propondría es una decisión de lenguaje que ningún presupuesto requiere: separar el lugar del hecho criminal con la misma sistematicidad con que el crimen los ha fusionado. Teotihuacán es patrimonio de la humanidad antes que escenario de un tiroteo. Jalisco es economía, tequila, candidatura mundialista y tres millones y medio de habitantes antes que plaza disputada por nadie. El discurso oficial debe abandonar la geografía criminal como categoría permanente y sustituirla por algo más preciso y justo: los nombres propios de los involucrados, las estructuras, los individuos, sin transferir jamás esa identidad a los territorios ni a quienes los habitan.
Hacerlo no es proteger imagen; es restituir una verdad que el Estado mismo ha contribuido a distorsionar durante décadas. Y esa restitución exige que las Secretarías del Poder Ejecutivo hablen con una sola voz, articulada y disciplinada. Habrá tiempo para disputar quién será el próximo presidente de México, mientras hay que concentrarse. La fragmentación comunicacional actual produce ruido donde debería haber esperanza, así de romántico. El gobierno federal ya tiene el aparato; lo que le falta es la coherencia de mensaje.
Cada declaración pública sobre un hecho de violencia debe ir acompañada de un contrapeso inmediato: lo que el lugar es, lo que el Estado garantiza, lo que el país construye. No negación del hecho. Encuadre activo de la respuesta.
Lo segundo es más difícil, porque exige ceder control de los discursos. El rechazo a la violencia no puede ser solo gubernamental: debe ser social potenciada por el gobierno, incorporado, reproducido por ciudadanos que lo sientan propio y no prestado. El ciudadano de a pie no puede exclamar que el país está mal y el gobierno decir que eso es falso. La campaña de comunicación más duradera no es la que emite el gobierno sino la que el ciudadano replica porque reconoce en ella algo verdadero. El movimiento político que gobierna tiene la base organizacional para activar esa apropiación; la pregunta es si tiene la voluntad de soltar las riendas del mensaje para que el mensaje crezca sin su firma. Ahí está el sacrificio: perder la centralidad narrativa para ganar la transformación real.
Pero esto que escribes es pura lírica… claro que lo es… y es una invitación a la acción.
Cambiar el lenguaje no detiene una bala. Pero mientras sigamos nombrando mal lo que nos destruye, seguiremos construyéndolo en lugar de desmantelarlo. Las cosas para hacerlas bien, escribió Bolívar, es preciso hacerlas dos veces: la primera enseña a la segunda. México lleva décadas en el primer intento. La segunda vuelta no empieza con más fuerza. Empieza con mejores palabras y lo que es mejor, sin decir mentiras. Y si bien la presidenta de México quizá no mienta para intentar mantener su control, quienes la rodean sí lo hacen… y es público, y es cierto; y para el tono de nuestros tiempos eso también es violencia.
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