Por: Fernando Núñez de la Garza Evia
Plaza Cívica
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MONTERREY NL 20 DE ENERO DE 2025.- De manera disparatada, una parte de la derecha mexicana insiste en que Morena es un partido comunista. Sin embargo, lo que resulta cierto es que una parte considerable de los liderazgos del partido en el poder tiene una idiosincrasia comunista. Y esa idiosincrasia es la que explica la deriva autocrática en el país bajo el morenismo.
Que Pablo Gómez encabece la llamada Comisión Presidencial para la Reforma Electoral no resulta extraño. Si algo se le reconoce al político septuagenario mexicano es su consistencia política, al haber militado siempre en la izquierda mexicana. No obstante haber pugnado por la apertura del sistema político mexicano y haber sido uno de sus beneficiarios, con numerosos puestos políticos, también es cierto que Pablo Gómez militó en el antiguo Partido Comunista Mexicano (PCM) y, posteriormente, en el Partido Socialista Unificado de México (PSUM). Bajo Morena, casi medio siglo después, es el mensajero de una reforma cuyo propósito es cerrar las puertas a la pluralidad política. ¿Es mero oportunismo político o también vemos residuos de su viejo comunismo?
El comunismo fue el último gran proyecto de la Ilustración. Sus moldes idiosincráticos comenzaron a formarse a principios del siglo diecinueve con los escritos de Thomas Paine, uno de los padres de la izquierda política moderna. Para Paine —un inglés que acabaría por ser uno de los principales intelectuales de la Revolución Americana— los regímenes europeos estaban tan profundamente corroídos que necesitaban ser reemplazados en su totalidad. Ninguna ley emanada de ellos podía ser legítima, por lo que resultaba imprescindible redactar un nuevo ordenamiento jurídico desde la raíz. Inevitablemente, todo aquel que oponía resistencia albergaba motivos oscuros. “Tenemos el poder de empezar el mundo de nuevo”, declaró en 1776. Ese era, en esencia, el proyecto comunista: desconocer el pasado y derribar todo para construirlo de nuevo.
El fundador del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) y expresidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, propuso un “cambio de régimen” en México. Si la Constitución establece que somos “una República representativa, democrática, laica y federal”, queda claro a estas alturas que el cambio propuesto era para lograr un sistema no representativo —ahí tenemos la sobrerrepresentación del 20% en el Congreso de la Unión—, autocrático —ahí tenemos la captura del Poder Judicial, la desaparición de numerosos organismos autónomos, y la próxima contrarreforma electoral— y centralista —la concentración del poder en la presidencia de la República no se veía desde el viejo régimen priista—. Formalmente no se promulgó una nueva Constitución, aunque sí materialmente: desde 2018, se han reformado 106 artículos, lo que representa casi el 70% de nuestro documento (El Universal, 17 de diciembre de 2025). Más aún, la destrucción institucional, que incluyó el Seguro Popular y la Policía Federal, fue y continúa siendo mayúscula. Porque nada bueno podía venir del panismo ni del priismo. Porque todo era corrupción. Porque había que comenzar todo de nuevo.
“El gobierno, incluso en su mejor estado, no es más que un mal necesario; en su peor estado, un mal intolerable”, declaró Pain. La Cuatroté tomó el sistema por dentro para cerrarles las puertas del poder a todos aquellos que piensan distinto. Eso, junto con la incompetencia y las injurias, más temprano que tarde, se volverá intolerable.
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