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Tijuana BC - lunes, 27 de mayo de 2019 - Raúl Ramírez Baena.
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Por Raúl Ramírez Baena

TIJUANA BC 27 DE MAYO DE 2019 .-El poder que tienen las y los ciudadanos para elegir democráticamente a sus gobernantes, a las autoridades en los principales órganos de gobierno y a sus representantes populares, el poder ciudadano, no es una graciosa concesión o dádiva, es el ejercicio pleno de un derecho universal y fundamental.

Cierto es que la sorda lucha política suele desvirtuar la calidad de los procesos electorales, más en condiciones de desigualdad social en la que la mayoría de las y los electores son rehenes de la partidocracia y de los intereses económicos y políticos del poder, que suelen trastocar los valores de la democracia. Desafortunadamente esto sucede en casi todo el mundo, y México no es la excepción.

En el largo y sinuoso proceso que vivimos en nuestro país, intentando despojarnos de los usos y costumbres políticas heredadas del pasado, el decadente sistema de partidos en México hace que la ciudadanía enfrente en cada elección el cada vez más recurrente gatopardismo de la militancia partidista y de las y los candidatos; el fácil cambio de camisetas y de colores en aras de acceder al poder –algo así como sacarse la lotería- y la cada vez más alejada identidad y congruencia con las corrientes ideológicas, que en teoría enriquecen el pluralismo, desalienta el acudir a las urnas, lo cual favorece a quienes apuestan a su “voto duro”. Salvo excepciones, suele dominar el oportunismo político como sello de nuestra época.

Sin embargo, el antídoto para impedir que las elecciones reproduzcan una tras otra los vicios a los que estamos acostumbrados y padecemos, es el poder del voto ciudadano, no sólo acudiendo a las urnas el día de la jornada electoral, sino también participando en los procesos electorales.

En el camino a la democracia, quizá el reto más difícil para garantizar la limpieza electoral es que las y los electores acudan de manera masiva y consciente a emitir su voto, sin dejarse influir por la guerra sucia, las descalificaciones, las mentiras, los vicios tradicionales, las fake news, las encuestas pagadas, etc. 

Parece ser que las personas se apasionan demasiado, acríticamente, en favor o en contra de un partido o candidato, perdiendo la objetividad sobre los antecedentes, la calidad moral y la trayectoria de los contendientes; en las campañas electorales se siembra el amor infinito o el odio profundo. Esto, quizá, sean los resabios de la partidocracia que aún padecemos, del otrora fraude electoral sistemático, de la acostumbrada compra y coacción de votos que hoy está penalizada.

No es sino a partir de que caigan las primeras cabezas del fraude, en general de los delitos electorales, cuando la sociedad recupere la confianza en las autoridades y en los procesos electorales.

También, las fuerzas políticas deben ser responsables de postular de manera democrática a sus candidatas y candidatos y de elegir a personas con alta valía moral y social, dejando atrás los vicios tradicionales.

Avances en el sistema electoral

Es evidente que el enorme, complicado y costoso aparato electoral de hoy (el INE y los organismos públicos locales electorales (OPLES)) en cada estado, está basado en la desconfianza ciudadana, y que los tribunales electorales, federal y estatales deben recuperar la credibilidad de la sociedad.

Con todo lo que pudiera estar en contra, para quienes vivimos los procesos electorales del siglo pasado y principios del presente, el tránsito hacia la democracia electoral va, quizá no a la velocidad que quisiéramos. Si bien es justo reconocer que no hemos alcanzado el ideal y que la disputa entre las fuerzas políticas es por los fuertes intereses que hay en juego, es a consecuencia de la lucha social, de las legítimas protestas en las calles y de los intensos debates y cabildeos en el Congreso, que hoy contamos con una compleja legislación electoral y con un vasto y eficiente trabajo de los órganos electorales encargados de los procesos electorales.

EN CONCLUSIÓN, aún que pudiera no gustarnos el desarrollo de las campañas en Baja California, que estemos decepcionados o menospreciemos el proceso electoral, que rechacemos a los partidos, los candidatos y candidatas; que nos incomode que el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF), a 7 días de las elecciones locales, aún no defina si la gubernatura será por dos o por seis años, hay que acudir a las urnas.  

El abstencionismo provoca que quienes llegan al poder lo hagan sin legitimación y que, aun así, tomen las decisiones de Estado que afecten a toda la comuna y a la sociedad. ¿Cómo podemos exigir a los gobernantes si nos anulamos a nosotros mismos en el ejercicio de nuestros derechos?

La fuerza del voto es esencial para el tránsito a la democracia, para cambiar el estado de cosas que nos afecta y que queremos que cambie. Además, no dejemos que otros decidan por nosotros, porque así no cambia nada. La apatía política es el veneno y el voto masivo es el antídoto.

*Director de la Comisión Ciudadana de Derechos Humanos del Noroeste

Esta columna no refleja la opinión de Agencia Fronteriza de Noticias, sino que corresponde al punto de vista y libre expresión del autor.

 

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