Raymundo Ramos. Una linda jugadita...
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Raymundo Ramos. Una linda jugadita...

México - sábado, 20 de enero de 2018 - ULISES SANDAL RAMOS KOPRIVITZA.
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MÉXICO 20 DE ENERO 2018 (La Silla Rota).-Raymundo Ramos, hombre ilustrado, catedrático, poeta sensible, pero complejo e irreverente; escritor prolijo de prosa, cuento y ensayo; periodista agudo y analista político. Hombre de ideas claras, pero sobre todo exactas, siempre rodeadas de humor y sarcasmo; también fue dibujante y caricaturista, solo por arrastrar el lápiz mientras no escribía. Pero, además, fue mi padre y un gran aficionado al deporte.

Amigos, familiares, alumnos y colegas, todos ellos, recientemente han escrito mucho más de él, quizá porque falleció el pasado 31 de diciembre, rodeado de su familia y sus dilectos libros.

Pero existe una faceta que poco se conoció de él y de la cual tuve la gran fortuna de ser su íntimo cómplice: el deporte, especialmente fue el futbol americano el que más nos apasionaba; a él, quizá, porque le recordaba a sus hermanos, Humberto, quien jugó en el Politécnico Nacional en la época del "Padre Lambert" o Raúl, quien jugara para los Pumas del "Tapatío Méndez". Afición y emociones que desde muy niño me trasmitió, para luego, alentar mi deseo por jugar y apoyar mi decisión de hacerlo en la Universidad de las Américas Puebla, en la época maravillosa del tricampeonato de los Aztecas, cuando todavía estaban unificadas las ligas a nivel universitario y existían los 10 grandes equipos de liga mayor.

Mi padre siempre apoyó mi proyecto de vida, nunca exclamó comentario negativo sobre mi elección de carrera, ni afición por el deporte, su apoyo fue incondicional, incluso a veces creo que él hubiera querido ser abogado y linebacker. Es más, un día me lo confesó:

Soy El futbol a sol y a sombra, como escribiera Eduardo Galeano; aunque soy 'el peor pata de palo' y no me gustan los tribunales, mejor me quedo en la literatura y veo cómo se te aflojan las meninges con tanto golpe.

Afortunadamente eso no pasó, al menos eso creo. Más bien, él se había vuelto -como se describiera en su artículo La oración y los fantasmas vagantes, publicado en El Universal en abril de 2000- "gritón y pendenciero". Siempre le tocó ir a contrapelo -era políticamente incorrecto-, mientras yo jugaba en infantiles, defendiendo el jersey de los Pumas Azul, él trabajaba para la Preparatoria 9, cuando Los Vietnamitas eran el rival a vencer.

Luego, en intermedia, él daba clases en el Politécnico de las Águilas Blancas y yo jugaba para Forajidos en juvenil, y para Ciencias Químicas Veterinaria de la UNAM en intermedia.

Cuando llegué a liga mayor me becaron para jugar con los Aztecas de la UDLAP mientras mi padre daba cátedra en la ENEP-Acatlán; yo jugaba contra los Osos, ahora Pumas Acatlán, y a la hora de enfrentar a los equipos de La Laguna en Torreón, a él le otorgaban el grado de doctor honoris causa en la Universidad Autónoma de Coahuila por su gran trayectoria profesional.

Cuando tenía 7 años, a principios de los ochenta, le pregunté a qué equipo de la NFL le apostaba, y su respuesta, como siempre, me dejó desconcertado, señaló que a los Halcones Marinos de Seattle, yo estaba convencido entonces que se trataba de una broma, que nadie le podía ir a ese equipo, pero era cierto, mi padre, era prácticamente el único aficionado de los Halcones Marinos en todo el país en aquella época, cuando justamente no ganaban ni por error.

Luego le pregunté por qué, y me contestó, que "no soportaba los convencionalismos deportivos", se quería desmarcar de los Vaqueros de Dallas y de los Acereros de Pittsburgh, equipos de gran arraigo entre los aficionados de México. Decidido a retar su dicho, le pregunté por su equipo favorito en el futbol soccer, y me contestó, que "eso ni deporte era, pero que en todo caso, le caían bien las Jaibas Bravas del Tampico Madero", entonces en primera división y creo que ahora en tercera, seguro que por eso le iba con más ganas y le simpatizaba más que no los televisaran, ni estuviera el equipo integrado por millonarios sin apego a la camiseta.

Pero igual le gustaban los toros, fuimos juntos muchas veces a la Plaza de Toros México a ver al "Torero Charro", Mariano Ramos, quien decía mi padre era mi pariente lejano, yo sabía que no era cierto, pero nos gustaba pensar que sí. También íbamos a la Arena México y al Toreo de Cuatro Caminos a ver la lucha libre, normalmente para gritar todo lo que no se puede decir en otro contexto, estoy convencido que nunca había escuchado tantas majaderías de sintaxis casi imposibles que emparentaban cosas y animales con la anatomía del cuerpo humano, "deja tú lo altisonante de las palabras para los decoro-hablantes, lo mal olientes y repugnantes" -diría él con una sonrisa y sosteniéndose los lentes-. Al principio me asustaba que algún luchador lo tomara personal y nos echara bronca, pero él siempre me decía:

Ulises, no hay que temerle a las palabras, es más, no hay malas palabras, solo están mal empleadas, en todo caso, son partes del idioma y si fueran malas no estarían ahí para utilizarlas

Además le encantaba el béisbol, se sabía todas las reglas del "Rey de los Deportes", no sé si por su erudita memoria o porque jugó de joven en la primera base, hasta que su mala visión ya no se lo permitió más. Íbamos al Parque del Seguro Social a ver "La Guerra Civil" entre Tigres y Diablos. También jugábamos, casi incansablemente, ajedrez en el Parque Naucalli, los sábados o domingos cuando no había evento deportivo, no sin antes explicarme amplia y detalladamente las técnicas de su gran campeón favorito, el cubano José Raúl Capablanca, de quien admiraba su elegancia y audacia en el movimiento de piezas en el tablero, sería porque jugaba con un método casi epistemológico "jugaba al error", pero también le gustaba la clase prístina e impoluta del campeón Bobby Fischer, quien se retiró al conquistar la cima del mundo y no volvió a jugar jamás profesionalmente, es más, creo que ni por gusto. Raymundo me insistía, "retírate del deporte como campeón, hay que tener dignidad deportiva".

Hoy no puedo más que recordar con profunda admiración la polimatía de mi padre, sabía de todo: 

Pregúnteme lo que quiera, de lo que sea, yo renuncio a mi derecho de ficha

Así se hacía examinar por los profesores de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM cuando tenía que elegir un tema para una evaluación oral. Raymundo Ramos, quien me impulsó a conquistar grandes metas personales, como el gran honor que fue para mí representar a México en la Selección Nacional de futbol americano en dos ocasiones e ir a Varadero, Cuba, para jugar ajedrez en un torneo internacional, donde me ganó en la final la partida un soviético, pero solo después de dos empates en que los reyes se quedaron frente a frente y mirándose a los ojos.

Hoy solo queda esperar "una linda jugadita por el amor de Dios" que le atribuía la frase al "Mago" Septién, Raymundo lo redundaba, y lo esperaba de su prole cuando escribió "que la gloria de varias generaciones de ensayo y error, por fin llegó" con sus nietos, Milena, brillante tenista con grandes expectativas en la categoría juvenil en la UDLAP, y Ulises, mariscal de campo, valiente y determinado, en las infantiles con los Borregos del Tecnológico de Monterrey-Puebla.

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