TIJUANA FAUNA: LA REBELIÓN DE LOS BURROS
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TIJUANA FAUNA: LA REBELIÓN DE LOS BURROS

TIJUANA, BC - martes, 26 de julio de 2011 - Manuel Villegas.
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LA REBELIÓN DE LOS BURROS
Por Manuel Villegas

En julio de 1951 ocurrió en Tijuana una especie de rebelión donde los burros tomaron las calles y obligaron a la autoridad municipal a organizarse para meterlos en cintura. Incluso, se analizó la posibilidad de que los pollinos sueltos podían ser sacrificados si insistían en causar problemas.
Esto viene a cuento porque el pasado jueves 14, a las 11:40 horas, observé a un barbaján que frente a dos empleados de un casino y ante decenas de turistas picaba las costillas al asno con el que se gana la  vida tomando fotos en una carreta de la avenida Revolución. Por diversión, el de dos patas picaba la piel al de cuatro con una vara mientras decía: “Duele, duele, ¿verdad?”.
¡Claro que al animalito le dolía!. Se llama “Lucy” y sus músculos se contraían ante cada piquete de la afilada vara, y lo peor es que nadie hacía nada por evitarlo. Espero que al leer esto alguien se preocupe por mejorar las condiciones de estos burros pintados de cebra que desde los años cuarentas vemos en la avenida más transitada del mundo en espera de turistas deseosos de trepar a sus lomos y tomarse la tradicional fotografía.
Resulta que durante julio del 51, Tijuana despertaba con la noticia sobre presuntos actos de vandalismo en la avenida de las Naciones Unidas, vialidad entonces de reciente creación. Las jardineras, especialmente las palmeras de la vialidad, eran destruidas durante las noches, situación que puso nerviosos a los funcionarios responsables del Departamento de Obras Públicas de la entonces Delegación de Gobierno de la ciudad.
Un diario de la época dio fe de lo que ocurría, al publicar que “hacía ya tiempo que los jardineros venían advirtiendo daños en las pequeñas palmeras, lo que atribuían a personas que pos simple gusto lo causaban”. Se creó entonces un grupo de  vigilantes que montaban guardias durante las noches, hasta que descubrieron que se trataba de burros sueltos, hambreados, que daban cuenta de las costosas plantas como si se tratara de pastura fresca.
Se decidió entonces castigar a los propietarios, a quienes se les amenazó además de que los jumentos sueltos que fueran sorprendidos en tales actos de vandalismo, podría ser sujeto de juicio inmediato y sacrificado para evitar que el problema continúe.
Antes, durante y después de que ocurriera esta rebelión de los asnos, los orejones animalitos eran un atractivo turístico para los visitantes del hoy desaparecido hotel y casino de Agua Caliente.
Azuzados y controlados por un empleado, a los borricos se les enganchaba y jalaban carretas para beneplácito de los clientes del spa y se paseaban pelando la dentadura por las espaciosas jardineras.
A la llegada de Lázaro Cárdenas a la presidencia, y con él la orden de cerrar los juegos de azar en México, los burritos se quedaron desempleados y emigraron con todo y cuidadores a otros hoteles y zonas de la ciudad. Por la imagen turística que tenían era común encontrarlos en el andador de la línea internacional al Puente México y de ahí a la avenida Revolución.
En su libro titulado “Tijuana: La Casa De Toda La Gente”, el argentino Néstor García Canclini, antropólogo y crítico cultural, escribió allá por los ochentas sobre lo que él considera “malentendidos interculturales” de esta frontera, y se refirió a la presencia de los burritos rayados como una especie de “hibridación” que fue aprovechada con fines turísticos.
Afirma que Tijuana “no es como en el Sur que hay pirámides”, y que ante la falta de atractivos históricos y monumentos “algo había que inventarle a los gringos”, y que por eso surgieron los burros pintados de la Revolución, con tablas donde se dibujaron paisajes de otras regiones mexicanas, volcanes incluidos.
El hecho es que el punto en el cual los burros de Tijuana se convirtieron en “cebras” entra entonces en el terreno de las leyendas urbanas.
Viejos fotógrafos y residentes de la ciudad me comentaron que en ese entonces, los burros y los caballos de tonalidades claras, sobre todo los blancos albinos y los grises, difícilmente podían ser apreciados en las fotos tomadas en blanco y negro con los equipos de la época. No se ve al burro, pues, por eso a alguien se le ocurrió pintarles rayas negras.
Los fotógrafos ambulantes de entonces no pintaban a los animalitos ni usaban carretas con fondos coloridos, y hubo quien atribuyó la ocurrencia de dibujar rayas al fotógrafo tijuanense Jesús Sánchez Ibarra, quien tomó fotos a una cebra en el zoológico sandieguino, vio que salían muy bien, y resultó que a todos les gustaba y que el turismo quedaba fascinado.
Como ocurrió con la ensalada César en su momento, otros empezaron a hacer lo mismo. Y se hizo una costumbre. Y se ganaban hartos dólares. Y quedó como una tradición. Nació así el “Burricebra” o el “Cebraburro”, como usted quiera llamar a las cebras falsas y los asnos pintados que forman parte del corredor cultural de ésta, la frontera más visitada del mundo.
Atrás quedaron ya las viejas cámaras fotográficas de bulbos, las cámaras de agua, los cuartos de revelado detrás de las carretas y los equipos Polaroid. Son antigüedades ya. Ahora los fotógrafos utilizan cámaras digitales cuyas imágenes revelan en comercios cercanos y que el turista puede adquirir en cuestión de minutos pagando entre 10, 20 y hasta 30 dólares si es que desea que envíen copias por correo a sus familiares en otros países.
Así que 60 años después de la rebelión pollina, al ser testigo y fotografiar lo ocurrido con un “burrocebra”, y pensar que eso quizá ocurre a diario en la avenida Revolución, me acordé de los que se dicen defensores de los toros que en cada corrida van al coso de La Monumental de Playas de Tijuana –igual que lo hacían en el desaparecido Toreo del bulevar Aguacaliente- a brincar, gritar, exigir y exhibir pancartas contra la llamada “fiesta brava”.
Me gustaría verlos ahora brincar frente al barbaján de la vara, gritarle su abuso, exigir la liberación de "Lucy" pintada de cebra y exhibir carteles a favor de los burros agraviados del mundo.

 

 

NOTA: La foto de la carreta en el Hotel Agua Caliente es fragmento de una publicada en el libro "Tijuana, Identidades y Nostalgias". Fotos antiguas del niño y los “visitantes” con los burritos están disponibles en Internet.

 

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