CIUDAD DE MÉXICO 14 DE MAYO DE 2026 (AGENCIA MÉXICO).- Jaime Camil abrió su corazón en una charla con Yordi Rosado y dejó al descubierto las luces y sombras de su vida familiar, marcada por el privilegio económico, las duras lecciones en la infancia y las heridas emocionales que aún lo acompañan.
El actor reconoció que haber nacido en una familia acomodada le dio una ventaja que muchos colegas no tienen. “No tener que preocuparte por poner un techo arriba de tu cabeza y no tener que preocuparte por poner comida en tu mesa. Claro que es el privilegio más cabr*n. Eso es lo más, el regalo más cabr*n que tienes, porque entonces ya puedes dedicarte al 100 por ciento a tu trabajo. Y tengo tantos compañeros y tantos queridos amigos que tienen que trabajar dos, tres turnos de trabajo y luego llegar a romperse la madre al teatro. Y a esos yo los quiero ayudar. A veces me encabr*na no tener trabajo, el dinero que la gente cree que tengo para poderle decir: ‘Güey, ¿en qué te ayudo, güey? ¿En qué te puedo ayudar?’. El verdadero privilegio es ese. No tener que trabajar tres o cuatro turnos para poder comer y luego no poderte dedicar a tu craft, a tu trabajo”.
Sin embargo, ese privilegio no lo blindó del dolor. Al recordar la muerte de su padre en 2020, Camil aseguró que los problemas financieros lo llevaron a una profunda depresión. “Cuando murió mi papá en 2020, yo estoy seguro que él tenía, no sé qué toda la vida, pero estaba muy deprimido… En la generación de mi padre, el único compartimiento que tenía valor era el financiero. Los últimos dos años de su vida, que no le está yendo bien financieramente, pues como que se deja ir. Como que ya no se siente que tiene una... No sé cómo explicarlo, güey. No soy nada. Ya no tengo valor como ser humano. Se dejó ir. Básicamente se dejó ir, ¿no?”.
El actor también confesó haber vivido violencia física en su infancia. “Yo creo que él sí fue violento conmigo. O sea, sí me daba unas madrizas que Dios guarde la hora… Fíjate que está medio pinche esto, ¿no? Pero un recuerdo que tengo es que me estaba desnudando mi mamá para bañarme y yo tenía, güey, cinturonazos de aquí al pie. Y sí me acuerdo que mi mamá se paró y [dijo]: ‘En tu vida vuelvas a tocar a mi hijo, cabr*n’. Se puso heavy el rollo, ¿no?”.
Sobre su madre, reconoció que la relación es complicada y asumió su parte de responsabilidad. “Me gustaría mucho que mi relación con ella fuera más sana. No tenemos una buena relación y es gran parte mi culpa, porque yo tengo muy poca paciencia y a veces le hablo medio feo, le hablo medio golpeado, medio feo y put*, y siempre me trato de acordar y digo: ‘Put* madre, o sea, tú tienes’, o sea, es mi trabajo, sabes, yo, o sea, es mi responsabilidad que eso no pase. No es tanto de ella, es mía. Y a veces digo chingad*s”.
Camil también habló del peso de ser “el hijo de Jaime Camil Garza” y cómo el consejo de René Franco lo liberó de esa carga. “Claro que me dolía, pero de todas las personas, fíjate, René Franco me dice un día: ‘Que te valga madres, mano’. ¿Cómo que me va a valar madre? No, mi reputación, René, no mam*s, tengo que convencer a la gente. ‘No tienes que convencer a nadie de nada, cabr*n’. Y yo, ‘Ay, ¿cómo se atreve? Ay, qué feo me habló’. No, pero dije: ‘Pues sí’. Y cuando me empezó a valer madres, cuando me empezó a valer madres lo que me decían de mi papá, a la ching*da, no sabes qué bien, me empezó a ir”.
Finalmente, reflexionó sobre la energía que se desperdicia en críticas sin sentido. “Mira, es impresionante cómo a veces le dedicamos tanta... energía a cosas que no tienen nada que ver con nosotros, que queremos justificar. Y es como cuando abres unas redes sociales y tienes un posteo y tienes 700 comentarios maravillosos. Pero el hijo de la ching*da que te pone: ‘Es que tú le ching*da, tienes seis dedos put*’. Y a ese le quieres contestar y con ese te quieres justificar. Y a ese le quieres decir que no, que tú eres trabajador, que tú le echas todas las ganas del mundo, que amas tu profesión”.
Con estas confesiones, Jaime Camil mostró que detrás de la imagen del galán exitoso existe un hombre marcado por el privilegio, pero también por cicatrices familiares y aprendizajes que lo han hecho más humano y resiliente.