Por José Alfredo Ciccone
TIJUANA BC 18 DE MAYO DE 2026.- El genio de León Tolstói escribió en 1864 este gran libro de medio millón de palabras, considerado obra cumbre universal. En él nos relata de manera magistral, puntos de vista de Dios entrelazados en cuatro familias, -sostén de la trama-, más numerosos personajes de toda condición social en tiempos de guerra. Las vicisitudes que pasarían cada uno de sus actores, después de tantos muertos y disputas estériles, donde hubo menos vencedores que vencidos, en la invasión napoleónica a rusia de 1812, que por cierto la integraba un ejército gigantesco de seiscientos mil hombres, cifra jamás formada en la historia europea hasta ese momento. Este enfrentamiento que dejó miles de muertos en ambos bandos como siempre ocurre en todas las guerras, soldados que fueron utilizados como ‘carne de cañón’ y significó una derrota contundente para el gran estratega Napoleón Bonaparte, demostrando que no era invencible, al perder medio millón de hombres en la contienda. Tolstói critica la historia estándar, haciendo hincapié en la militar, desdibujando la línea entre ficción e historia, como un modo de acercarse a la verdad.
Finalmente, la unión, el esfuerzo de las mayorías y el amor puesto en cada acto personal, terminaría superando esos amargos momentos y la humanidad, que generalmente renace de las cenizas, se disponía a empezar la construcción de un mundo mejor.
Luego, con el correr de los años en los albores del Siglo XX, notamos que mucha bola no le dieron a Tolstoi cuando hablaba de paz y se desató la Primera Guerra Mundial que abarcó desde 1914 a 1918 dejando una estela nada envidiable de 15 millones de muertos y que significó el fin de los imperios Ruso, Otomano Austrohúngaro y Alemán, que les puso fin al Tratado de Versalles en 1919 donde se le impusieron duras sanciones a Alemania, que al parecer hizo caso omiso al castigo, cuyo efecto les duró poco más de 20 años y como parece que los humanos somos duros de entendedera, fueron los propios alemanes comandados por un personaje malévolamente inteligente llamado Adolf, que a partir del 1 de septiembre de 1939, cuando se instalaron en Polonia sin pedir permiso, con fines nada turísticos y muy invasivos, detonaron la Segunda Guerra Mundial. A partir de allí y hasta el 2 de septiembre de 1945 donde se declara oficialmente el fin de tan terrible tragedia que asoló a la humanidad por más de cinco largos años, haciendo añicos los deseos de paz de aquellos ciudadanos del mundo, que les costó sufrir la friolera de entre 70 y 85 millones de muertos en su conjunto, más civiles que militares en el recuento final, aunque fueron los chinos y los rusos quienes se llevaron la peor parte perdiendo 35 y 20 millones de vidas respectivamente en esa conflagración, -que aunque el propósito de terminar con las negras intenciones de un ‘Führer’ enfermo de poder, tuvo un epílogo más o menos feliz-, como todas las guerras, estuvo plagada de espurios intereses y repartos a mansalva.
Lo describió magistralmente en ese mismo año el famoso británico nacido en la India, George Orwell, después de lanzar su libro Rebelión en la granja, cuando nos dijo: “La historia, una vez más, la escriben los vencedores” o como bien decían popularmente las abuelitas: “Quien parte y reparte se queda con la mejor parte”.
Y así llegamos al siglo XXI y a este 2026, donde curiosamente aprendemos a querer más la palabra paz a partir de que oímos y vemos, otra vez en acción la guerra, esa que parece inspirar a algunos líderes mundiales con poder e intenciones de ‘encender la mecha’, aunque declaren lo contrario, de lo que podría ser un posible enfrentamiento mundial entre países que no están dispuestos a ceder su poderío y seguir ejerciendo tiranías de corte mesiánico y otros que parecen insistir en el afán de querer arreglarlo todo sin que los llamen y de paso llevarse algo material a casa. Complejo momento que nos tiene a los habitantes del globo, más que expectantes, enhebrando ciertos temores por decisiones mal tomadas o interpretaciones mal recibidas. Los bandos en pugna emiten noticias a su favor, sin darse cuenta de que también en este conflicto está en juego la guerra por la verdad, esa que cada uno esgrime a su conveniencia. Todos los ciudadanos del mundo que deseamos la paz y que -supongo- somos mayoría, esperamos y confiamos que, más allá de burdos intereses por lo económico, vía poderío militar, marcados por la idea de conquista a través de guerras, o de apoderarse y controlar el energético que aún mueve al mundo que es el petróleo y ‘algunos gramos’ de Uranio enriquecido, insisto en que las cosas se vayan acomodando para el lado pacífico y que los que sí pueden ordenar para que esto ocurra, amanezcan iluminados y recuerden que el Planeta Tierra es de todos y que la vida de sus habitantes, la debe decidir alguien mucho más supremo que ellos, que está más alto que nadie, pero sin aviones, drones ni misiles. Que siempre es amigo de la paz y fue quien creó esta maravillosa forma de vida para todos, sin excepción, no sólo para unos cuantos con poder de decisión. Viva la paz, muera la guerra. Aunque como Tolstoi, mezclemos a veces los dos vocablos, que sea en forma de aventura literaria, nunca con intenciones bélicas, porque la humanidad merece un buen descanso, ¿no cree?
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