REFLEXIÓN DEL DIA.-
Por: Esteban Capella Ibarra
México continúa enfrentando la realidad internacional con una visión política y diplomática que parece anclada en paradigmas del pasado. Mientras el mundo hoy opera bajo una lógica de intereses estratégicos, seguridad nacional y supremacía geopolítica, el discurso oficial mexicano insiste en refugiarse en conceptos abstractos de soberanía y no intervención que, en la práctica, cada vez tienen menos peso frente a las dinámicas reales del poder global.
El reciente caso del gobernador con licencia de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, evidencia precisamente esa desconexión entre la visión del Estado mexicano y la lógica con la que opera una potencia como Estados Unidos. Diversos reportes ya públicos señalan que el Departamento de Justicia estadounidense ya presentó acusaciones formales y solicitudes de detención provisional con fines de extradición contra Rocha Moya por presuntos vínculos con el narcotráfico.
La reacción del gobierno mexicano ha sido insistir en la exigencia de pruebas, denunciar posibles actos de injerencia y reforzar el discurso de defensa de la soberanía nacional. Sin embargo, el problema radica en que México parece no entender bajo qué lógica estratégica se mueve actualmente Estados Unidos.
Para comprender esto resulta indispensable analizar la teoría del “Realismo Ofensivo”, desarrollada por el politólogo y estratega estadounidense John J. Mearsheimer, particularmente expuesta en su obra The Tragedy of Great Power Politics. Esta teoría sostiene que las grandes potencias no actúan bajo principios morales, afinidades ideológicas o discursos diplomáticos, sino bajo una lógica permanente de supervivencia, acumulación de poder y protección de intereses estratégicos.
Mearsheimer parte de una premisa elemental: en el sistema internacional no existe una autoridad superior capaz de garantizar plenamente la seguridad de los Estados. Por ello, las potencias buscan maximizar su poder regional y neutralizar cualquier amenaza que pueda afectar sus intereses económicos, militares, fronterizos o de seguridad. Desde esa óptica, Estados Unidos no observa a México bajo una narrativa romántica de cooperación bilateral o respeto absoluto a la soberanía. Lo observa desde una lógica pragmática de seguridad nacional. El narcotráfico, la migración descontrolada, el tráfico de armas, el lavado de dinero y la infiltración criminal en estructuras políticas mexicanas son vistos en Washington como amenazas directas a la estabilidad interna estadounidense.
Mientras Estados Unidos actúa bajo una lógica de defensa estratégica de sus intereses nacionales, México responde con discursos políticos internos dirigidos al consumo mediático nacionalista. El problema es que las relaciones internacionales modernas ya no se sostienen únicamente sobre principios diplomáticos tradicionales, sino sobre correlaciones de poder, dependencia económica y control estratégico regional.
México depende profundamente de Estados Unidos en términos comerciales, financieros y de estabilidad económica. El TMEC, las cadenas de suministro, las exportaciones manufactureras, las remesas y la inversión extranjera convierten a Estados Unidos en el principal eje de estabilidad económica mexicana. Pretender enfrentar una presión geopolítica estadounidense únicamente con discursos de soberanía resulta, además de insuficiente, estratégicamente equivocado.
La teoría del realismo ofensivo explica precisamente que las potencias regionales buscan impedir cualquier foco de inestabilidad cercano a sus fronteras. Estados Unidos históricamente ha actuado así en América Latina y continuará haciéndolo independientemente de quién gobierne en Washington. Por ello, el caso Rocha Moya no debe analizarse solamente desde una perspectiva jurídica o política interna, sino como parte de una nueva etapa de presión estratégica estadounidense sobre México. Una etapa donde Washington parece decidido a intervenir más agresivamente frente a cualquier indicio de colusión entre estructuras políticas y organizaciones criminales.
El verdadero problema es que México parece seguir reaccionando bajo esquemas ideológicos del siglo XX, mientras el entorno internacional opera bajo una lógica completamente distinta: la lógica de los intereses. En el mundo actual, las potencias no priorizan discursos; priorizan seguridad energética, estabilidad fronteriza, control migratorio, combate al narcotráfico, protección económica y posicionamiento geopolítico. Y mientras México continúe confundiendo retórica soberanista con estrategia real de Estado, seguirá reaccionando de forma errada y tarde frente a escenarios internacionales cada vez más complejos y agresivos.
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