Por: Marco Antonio Samaniego
TIJUANA BC 10 DE ABRIL DE 2026.- El anuncio de destruir una civilización milenaria, fue hecho con los clásicos sonidos estrambóticos de Donald Trump. Es una forma de negociar en la que se llega al límite y se propone algo que es posible en términos tecnológicos por sus capacidades militares, pero que tiene detrás una secuela de daños al mundo en todos sentidos: cantidad de muertos, daños ecológicos permanentes, desaparición de ecosistemas que necesarios para mantener equilibrios, respeto a los acuerdos internos de Estados Unidos, eternos con La ONU, la OTAN, y una secuela interminable de efectos que en el corto plazo afectarían las elecciones internas de noviembre.
La comparación con figuras trágicas como Hitler o Mussolini quedaría como una memoria mundial con efectos a la economía estadounidense. ¿Cómo pensar en establecer relaciones con un gobierno asesino y criminal de tales dimensiones? ¿cómo pensar en volver a utilizar frases metafóricas como el mundo libre, democracias occidentales o en principios de libertad e igualdad? Si bien se puede entender como amenaza, sólo pensar en la cantidad de desplazados que se generaría por décadas, en la cantidad de procesos migratorios forzados y en los recursos que sería necesario invertir para rehabilitar un espacio del planeta de las dimensiones de Irán, suena infinito.
Literalmente, la amenaza de Trump, es un daño a la humanidad que tiene proporciones apocalípticas. Estamos ante formas de negociación en las que la proporción de los daños sólo puede traducirse en peores daños. No tengo la menor idea quien puede resultar beneficiado ante cosa semejante. Sin embargo, debimos estar atentos qué sucedía el pasado martes, porque los efectos no están en los precios del petróleo, que son una señal, pero no el efecto más importante. Finalmente, se pasa a quince días de espera a que se llegue a acuerdos que permitan pensar en que las palabras fueron sólo una amenaza.
Israel, por su parte, atacó el Líbano, con la intención de mantener sus luchas regionales y como advertencia de que su propuesta de expansión continua. Cuando menos, pretenden ocupar Palestina, que incluye tanto Cisjordania como la Franja de Gaza, Altos del Golán, en Siria y la península del Sinaí, en Egipto. Sus argumentos parten desde el siglo XIX, con el movimiento sionista, donde hubo, en su impulso, un fuerte interés del gobierno británico y ya en el siglo XX, del estadounidense. Han existido divisiones muy importantes en esta postura sionista, sumado al hecho de que es imposible que “los judíos”, igual que otra nacionalidad, sea una “raza”, y que aquí mencionamos como grupo étnico, con profundas raíces históricas y procesos de construcción de memorias sociales de mucha relevancia.
Esas tensiones son un elemento que de nuevo aparece en la relación México- Estados Unidos. Como he apuntado en varias ocasiones, mientras se vive el conflicto, México tiene sus otros conflictos, en los que negociar con el poderoso Trump nos coloca en las diferentes dimensiones de los fronterizo, lo local y lo internacional. Tomar una posición de enfrentamiento con quienes tienes que negociar todos los días es un camino al conflicto, con efectos largos de detallar. Comercio, procesos educativos, comunicaciones, abasto de gas, gasolinas, electricidad y como siempre señaló, las cuencas internacionales y el abasto a miles de hectáreas y ciudades de toda la frontera, se verían seriamente comprometidas. Estar en desacuerdo es necesario, pero negociar y estar en acuerdo constante, también lo es.
No somos parte importante del problema mundial, pero el sentido de la mundialidad está presente en demasiados aspectos de la relación. El problema no es si se ataca o no California – como circuló hace unos días – sino que los insumos básicos se afectan y rearticulan en función de que las nuevas necesidades y como he apuntado, hay temas en los cuales no tenemos el control, aunque sea ha contado con elementos para negociar.
Los quince días de tregua no son para alegría de nadie. Son sólo un aviso de cuántos temas deben ser observados en un mundo globalizado - para mí, desde finales del siglo XIX – en el cual las decisiones no dependen de proyectos generados en nuestro país sino de eventos contingentes que fuera de nuestro control, inciden en nuestras vidas. Los notamos en los precios de las mercancías, pero las razones son siempre más complejas, necesarias de entender y relacionar con otros procesos que se interconectan de manera directa e indirecta.
Esperemos que en quince días podamos vivir en un mundo con acuerdos, aceptación de que los problemas internacionales siempre son importantes y que las negociaciones no incidan en nuestras prácticas, uso de recursos y sobre todo, la posibilidad de largo plazo de sostener una paz que es indispensable para todos.
Esta columna no refleja la opinión de Agencia Fronteriza de Noticias, sino que corresponde al punto de vista y libre expresión del autor