Por: Carlos del Valle del Río
@delvalledelrio
CIUDAD DE MÉXICO 26 DE ENERO DE 2026.- El foro de Davos arrojó una claridad casi brutal sobre el proceso en el que el mundo está inmerso. En esta nueva configuración del orden mundial, cada país deberá asumir el rol que le toca jugar y decidir si está dispuesto a cambiar ese papel de carta frente a un futuro distinto al diseñado desde la posguerra.
Fue Mark Carney, el Primer Ministro de Canadá, quien arrojó una cubeta de agua fría sobre muchos países, entre ellos México, al sentenciar que en la coyuntura actual "o estás en la mesa, o eres parte del menú".
Es decir: o pones tus reglas y asumes el costo de ser una potencia media, o te alineas al juego de los gigantes. Y entonces; ¿tiene México posibilidades de cambiar su papel, o será parte del menú?
Primero tenemos que tener muy en claro qué se necesita para que un país esté en la mesa, y lo primero es legitimidad de su gobierno y respaldo social. De otra manera, pasa lo que sucedió en Venezuela: los gobernantes pierden interlocución con el resto del mundo. El gobierno de Claudia Sheinbaum sin duda tiene una buena dosis de respaldo social —las encuestas la sitúan arriba del 70 por ciento—, pero entonces viene el siguiente problema: la legitimidad ante los ojos del mundo.
Morena y su proyecto político cada día más apuestan a destruir el sistema que les permitió acceder al poder. No intentan mejorarlo, sino demolerlo, e imponer niveles de control a la opinión pública dignos de dictaduras de los años setenta. Campeche con Layda Sansores, la mañanera de presidencia, Veracruz, Michoacán y un largo etcétera, son muestras vivas de esa intolerancia.
Pero lo que verdaderamente nos convierte en el plato fuerte es la complicidad. López Obrador decidió que para asegurar su llegada al poder debían pactar con el diablo si era preciso, y eso hizo. Esa alianza económica y política con los principales grupos criminales los tienen hoy en la mira de la justicia internacional.
¿La prueba? No hay que ir lejos. Esta misma semana vimos cómo el FBI tuvo que operar en suelo mexicano para capturar a Ryan Wedding, el "Chapo canadiense", ante la inoperancia o desconfianza total en nuestras autoridades. Mientras aquí se habla de soberanía, afuera actúan porque saben que adentro la casa está sucia.
Entonces, ¿cómo salir a negociar con dignidad si las acusaciones están vigentes y no hay forma de ocultarlas? Más allá todavía, Claudia Sheinbaum rehúye a los foros internacionales. La voz de México se ha dejado de escuchar porque nuestros gobernantes prefieren esconderse en sus despachos. México no tiene una voz en el
mundo porque sus voceros, sus políticos, están agazapados ante las investigaciones de otros países.
Desde Marina del Pilar en Baja California hasta Adán Augusto, pende sobre ellos la sombra del proceso penal o la sospecha. Eso nos convierte como país, inmediatamente, en parte del menú.
México deberá primero poder ver hacia dentro, poner en orden la casa y terminar con los privilegios e impunidad de sus gobernantes. Si eso significa presentar ante la justicia a algunos de ellos o a varios, pues tendrá que ser así.
De otra manera seguiremos viendo la misma película de los últimos siete años: la de gobernantes que se esconden, que privan a México de presencia y voz por miedo a ser señalados por sus vínculos inconfesables.
Al hacerlo, no solo se protegen ellos; han secuestrado también la presencia de México y nuestra posibilidad de sentarnos en la mesa.
Periodista director de International Journalism Service
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