LA BUFADORA
El Mosquito
ENSENADA BC 2 ENERO 2026.- Comienza el 2026 -un año preelectoral-, y la presidenta municipal de Ensenada, Claudia Agatón Muñiz, enfrentará un oleaje bravo que no se ataja con discursos.
El reto mayor seguirá siendo la seguridad pública y darle mantenimiento al precario equipamiento urbano, además de gestionar un mayor abasto de agua para la ciudad, porque sin ser un asunto de su competencia, sí es de su incumbencia.
En cuanto a la seguridad necesitará la primera edil algo más que operativos para la foto, y exigir una coordinación real con las autoridades estatales y federales, así como implementar programas efectivos de prevención y policías mejor pagados, porque el delito no respeta periodos administrativos.
Sobre el desarrollo urbano, que es un auténtico rompecabezas, se requiere orden, que implica mejorar la movilidad social y tapar baches.
En nuestro puerto, su economía necesita empuje sin ocurrencias, es decir, turismo con planeación, pesca cuidada y un sector agrícola con más apoyos. Todo esto, con finanzas flacas y un Cabildo que a menudo rema para lados distintos.
No se piden milagros para Ensenada, sólo resultados medibles, a tiempo y sin distraerse en frivolidades.
Reforma electoral
Ahora sí, advierten, viene la reforma electoral “buena, barata y federalista”. No es broma: el nuevo mantra del poder es recortar, compactar y transformar… pero sin desaparecer nada, no vaya a ser que alguien se asuste.
Según los adelantos que empiezan a filtrarse desde Palacio Nacional, la reforma que anunciará la presidenta Claudia Sheinbaum en este 2026 no pretende dinamitar el sistema electoral, sino ponerlo a dieta. Una dieta severa, eso sí, empezando por los partidos políticos, esos organismos que predican austeridad mientras viven de millonarias prerrogativas.
El diagnóstico es correcto y además popular: las elecciones cuestan mucho, los partidos reciben demasiado y los ciudadanos ya no se tragan el cuento de que cada peso es indispensable para la democracia. Hasta ahí, consenso total. El problema -como siempre- no es el qué, sino el cómo.
Porque reducir el dinero público sin abrirle la puerta al dinero sucio es como querer bajar de peso viviendo en una taquería.
Se puede, pero requiere disciplina, controles y algo más que buenas intenciones. Por eso ahora nos dicen que todo será fiscalizado “en tiempo real”, con tecnología casi milagrosa que impedirá que alguien gaste un peso de más. Ojalá funcione igual de bien que las promesas.
Y en el Congreso federal, la consigna también es clara, esto es, menos legisladores. No se habla de borrar a los plurinominales, sino de “transformarlos”, que en lenguaje político significa que desaparecerán… pero lentamente y con otro nombre. El pecado original, dicen, son las listas cerradas decididas por las cúpulas. Y ahí sí, ni cómo defenderlas; nadie vota por esas listas, pero todos pagan por ellas.
Eso sí, la representación de minorías se invoca como escudo sagrado. Nadie quiere cargar con el costo histórico de haberla eliminado, aunque en la práctica el reto será diseñar un sistema que no termine beneficiando, casualmente, a los mismos de siempre.
Sobrevivirán
En cuanto a los institutos estatales electorales, denominados Oples, la reforma no se atreve a centralizarlo todo -todavía-. Se mantendrá el modelo federalista, pero con organismos locales más flacos, más baratos y, en teoría, más eficientes. Porque mantener estructuras enormes para elecciones que no siempre existen suena absurdo, salvo para quienes viven de ellas.
Y para tranquilidad de los puristas democráticos, se descarta elegir consejeros del Instituto Nacional Electoral (INE) por voto popular.
No vaya a ser que la autoridad electoral termine haciendo campaña como cualquier político, aunque algunos ya actúan como si lo hicieran.
Al final, la comisión presidencial sólo entregará insumos. Los aliados de Morena serán escuchados, nos dicen, aunque habrá que esperar la reacción de Alberto Anaya, el sempiterno dirigente nacional del Partido del Trabajo (PT), y de la familia González, dueña de la franquicia… perdón, del Partido Verde Ecologista de México (PVEM).
Pero como toda reforma política en México, no se medirá por lo que promete, sino por a quién beneficia
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