Por: Hugo Alfredo Hinojosa
CIUDAD DE MÉXICO 27 DE AGOSTO DE 2025.- Declaro sin pena que la generación a la que pertenezco descubrió, a partir de Playboy y de la pornografía en Beta y VHS, la lógica irreal de la vida sexual proyectada desde el papel impreso. Todos, en mayor o menor medida, soñábamos con “conocer” a una mujer como aquellas de las revistas, lo que resulta absurdo, sobre todo porque en la infancia no hay nada que desear en ese sentido. A principios de los años 80, no existían límites en los centros de renta de videos; si eras amigo de quien atendía el local, te rentaba lo que fuera o incluso te recomendaba qué ver, siempre con secrecía.
Mi primer encuentro con Playboy fue extraño: no entendía por qué aquellas mujeres estaban desnudas, pero tampoco sentí que fuera un oprobio.
Cuando tuve la revista en las manos, tras revisar el contenido en general, me concentré en las tiras cómicas que acompañaban los reportajes o las plumas destacadas de la época. Hasta la fecha, guardo en mi memoria algunas imágenes de aquellas viñetas al estilo de The New Yorker. Hablo de 1982, tenía cinco años, si no me equivoco. Han pasado más de 40 años desde entonces, y ahora comprendo que no permitiría a mis hijos ver pornografía. Les enseñaría que tanto las imágenes como los cuerpos, las “tramas” y secuencias, la duración, la belleza y la excitación de los personajes son falsedades.
Llegada la etapa adolescente, esas revistas y filmes ya no resultaban interesantes. El encanto metafísico se desvaneció. Sin temor a equivocarme, afirmo que el descubrimiento del cuerpo femenino era inminente y comprendías que la realidad se contraponía a la ilusión del cuerpo salvaje de las mujeres entre desnudos y gemidos, más allá de la glosa del guion amoroso. Te enfrentabas al cuerpo femenino en otra dimensión, desde la verdad compleja de las relaciones humanas, del tacto y los suspiros, del límite del tiempo, de la palabra como vehículo inicial del clímax.
De las relecturas de Jean Baudrillard rescato su postura frente a la verdad del mundo, cuando se dimensiona la pornografía desde otro estadio de madurez: “el fin del espectáculo trae consigo el colapso de la realidad en el hiperrealismo”. Cuando la pornografía en nuestras manos pierde su efecto sobre la mente y nos enfrentamos a la carne, comprendemos las trampas de la sobreexposición al sexo.
Sin darnos golpes de pecho, descubríamos que no éramos superhombres y que las mujeres no eran máquinas; rescato, además, la inexistencia del “asco”. Percibíamos la imagen, apreciábamos los relieves unidimensionales, los colores y los puntos de impresión que daban forma al cuerpo desnudo, y cuando por fin lo conocíamos, no rehuías al contacto físico, al placer sin asco. Retomando a Baudrillard: “una vez que la alucinación que debería habitar adecuadamente la imagen queda sepultada bajo los comentarios [como espectador solitario], […] está acabada”.
Al madurar, entendemos, como escribió Susan Sontag, que “el impacto de las atrocidades fotografiadas se desvanece con repetidas visualizaciones, al igual que la sorpresa y el desconcierto que se sienten la primera vez que se ve una película pornográfica se desvanecen después de ver algunas más”. Sin embargo, en este nuevo siglo, aunque la frase de Sontag no carece de verdad, la presencia exacerbada de productos digitales elimina la pérdida de la sorpresa y la amplifica, generando una renovación de la pornografía.
Recordemos que el término “pornografía” deriva del griego y la definimos como la prostitución que se ve y se graba, que se documenta; esa definición encierra en su médula al “sexo” como concepto intermediario, pero la pornografía que desnuda y sexualiza se ha transformado. Se ha vestido. Se ha tornado sensible al asco. Ha eliminado los límites de edad para prostituirse. No obstante, no podemos negar que existe un mercado para la pornografía clásica: cuerpos desnudos, actos sexuales escenificados para ser consumidos por audiencias a lo largo y ancho del orbe. Pero ¿qué pasa cuando la pornografía, al mutar en su concepto, comienza a llamarse “creación de contenido” e invade incluso las mentes infantiles? No hablo de sexo, sino de la sobreexposición al consumo de contenido, donde, en ocasiones, nosotros mismos somos producto y fabricante de “contenidos”. Esto deriva en una reinvención de la prostitución que se ve y se graba, donde nosotros, en general, padres de familia y sociedad, somos las estrellas. Según la RAE, “prostituir” se define como “deshonrar o degradar algo o a alguien abusando con bajeza de ellos para obtener un beneficio”. Qué decir de los influencers, de los modelos, de la gente en general que vive en el mundo digital.
No tengo cuenta de TikTok, no la satanizo, solo que no tengo tiempo ni interés en pasar parte de mi día revisando materiales que no me importan, como la vida de otros que no forma parte de mi mundo. Sin embargo, no niego haber visto en más de una ocasión algún video que me hizo reír, por supuesto. Respecto a TikTok, es difícil aprender que no debe importarte lo que opinen los demás de ti, y debes entender que la vida de los otros tampoco debería ser relevante para ti. Pero esta premisa es falsa en nuestra modernidad. Hoy, las sociedades modernas, al menos las occidentales, se sustentan en lo que los demás opinan de ti a través de las redes sociales, que nos invitan a generar “contenido”, esa pornografía que nos permite redefinir ante los demás lo que somos.
Recibí un correo de TikTok con la frase: “¿Quieres saber lo que la gente piensa de ti?”. Me llamó bastante la atención el “call to action” mercadológico; en los años 80, Playboy utilizaba locuciones como “How to Kiss a Girl” para generar un compromiso contigo que te urgía a descubrir promesas paradisiacas, un gancho para obligarte a formar parte del sistema pornográfico. Mi respuesta a la invitación de TikTok fue negativa. Continué revisando mis correos y no pensé más en eso. Pero me cuestioné: ¿por qué querría saber qué opina de mí alguien a quien no conozco? Bajo las premisas que manejamos, tendría que haber generado contenido para intentar cambiar el punto de vista de otro sobre mí, lo que prostituiría mi persona para ser amado momentáneamente.
A mediados del siglo XX, Michel Foucault argumentó que la pornografía funcionaba como una estrategia del biopoder para regular la conducta sexual individual. Al fomentar el discurso sobre el sexo, la pornografía contribuye a construir una verdad sobre este ámbito. Mediante la confesión, sus consumidores exploran y definen sus identidades sexuales, convirtiéndose en sujetos autorregulados. Esto genera una proliferación de sexualidades, pero también propicia un despliegue masivo de lo que se considera perversión. Ahora bien, si eliminamos el sexo de la ecuación, el mundo digital, al que están expuestos tanto niños como adultos, plantea dinámicas similares y genera que la gente sienta “asco” de sí misma al no agradar a los demás. El asco vomitivo por la desaprobación de los otros contrapuesto con la inexistencia del asco de cara al placer por el sexo pornográfico en su acepción clásica.
Esta transubstanciación de la pornografía, hasta convertirse en la llamada creación de contenido, pone en peligro la pureza de toda sociedad que ve en el acto de la exposición, de exponerse, algo natural en la lógica de nuestra modernidad del siglo XXI. Sin embargo, reflexionemos sobre el daño futuro de una sociedad que se prostituye sin preocupaciones inmediatas, sin pensar en los futuros posibles de vergüenza y señalamiento social. Esta reinvención pornográfica elimina la vergüenza a propósito para que todos nos expongamos al escarnio.
Si se argumenta que esto es falso, consideremos que cada plataforma de exposición, todas las redes sociales, son de facto privadas y que se nos prestan los espacios digitales para mantener viva la maquinaria económica de los datos masivos con los que se nutre el aparato de mercadotecnia mundial. Así como las prostitutas son cosificadas y denigradas, hoy la masa activa en el mundo digital, a través de videojuegos, redes sociales y otros espacios interactivos, es prostituida, solo que sin una aparente cosificación que permite la ilusión de transparencia desde donde los usuarios se sienten libres.
Así, por ejemplo, Roblox como plataforma de juegos y creación de contenido generada por usuarios, refleja una forma moderna de “prostitución digital” al incentivar la sobreexposición de sus usuarios, muchos de ellos niños, en un entorno donde la creación de “experiencias” y la interacción social se monetizan. Esta dinámica, similar a la pornografía descrita por Foucault, regula identidades al fomentar la autopresentación constante para obtener validación o ganancias económicas. Sin embargo, la falta de una moderación efectiva permite la proliferación de contenido inapropiado, como los “condo games” sesiones de juegos con interacciones sexuales explícitas, accesibles incluso para menores, lo que expone a los usuarios a riesgos como el acoso, la explotación y la cosificación.
Pienso que estamos completamente inmersos en un estadio de confusiones donde el criterio ya no apela al sentido común, y la inocencia, sea de quien sea, es el último motor que mantiene girando al mundo; sin embargo, esta inocencia, gracias a la mercadotecnia y al espectáculo, se anula cada vez a una edad más temprana. Hoy no es difícil ni extraño ver a bebés sosteniendo una pantalla entre sus manos; inevitablemente, éste se tomará una fotografía, por accidente, con el teléfono… Reflexionen ustedes sobre el resto… ¿quién consumirá la inocencia de este niño?
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