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| Los Guardianes Son hombres de sencillo estilo de vida, manos encallecidas y rostros quemados por el sol de varias generaciones. Gracias a estos humildes descendientes de nativos peninsulares, México y el mundo empiezan a conocer y disfrutar hoy uno de los tesoros más valiosos de la península, el camino real misionero Texto y fotos José Enrique García Sánchez |
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| “Mi madre dice que cuando yo era un chiquillo corría por aquí”, evoca sonriente Teodoro Castillo Romero, un descendiente cochimí con estudios de ingeniería civil, mientras pisa la cornisa que separa las paredes de la bóveda eclesial en la Misión de San Francisco de Borja, a unos tres metros del piso. Después de prolongadas ausencias Teodoro regresó hace dos años a la comunidad que lo vió nacer, en un asentamiento humano ubicado en el desierto central de Baja California, a 50 minutos de Bahía de Los Angeles. Lo hizo para continuar una tarea que sus familiares asumieron por décadas como compromiso por devoción al santo patrono: Custodiar la obra que testimonia una herencia cultural que hoy supera los 300 años. En el proceso ha tenido la oportunidad de reencontrarse con su pasado familiar y comunitario, y revalorar el profundo significado de un patrimonio histórico que apenas empieza a develarse al mundo, conforme es arrancado a la tierra que lo mantenía oculto, incluso protegido. |
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| Cargando ocho décadas de vivencias sobre sus hombros con ayuda de un bastón, don Candelario vigila desde su casa de adobe en el arroyo San Fernando. Difícilmente articula palabras para hacerse entender debido al golpe que le dieron durante un asalto hace varios años, aunque ha recuperado casi en forma total su libertad de movimiento. A 15 o 20 metros de su hogar están los cimientos y fragmentos de un par de paredes del edificio misional, pero también uno de sus tesoros más valiosos: la tumba de sus padres Román Acevedo y Victoriana Sainz, entre otros familiares. Candelario o Calayo, como le llaman los lugareños, no siempre estuvo así. En sus años mozos fue marinero y buzo y trabajó en las costas del Golfo de California y el Pacífico. Procreó ocho hijos y es abuelo de 20 nietos. Hoy pese a su edad, tiene la fuerza suficiente para guiar a los turistas no solo por los restos de la misión, sino por el oasis que está a unos 50 metros o las pinturas rupestres localizadas tierra adentro del cañón. Oasis, arte rupestre, restos misionales, depósitos de cantera, restos de otroras florecientes minas de oro y plata. Todos estos elementos son la características de las diferentes comunidades asentadas en el corredor histórico. Pese a sus limitaciones Calayo se las ingenia para cumplir su tarea, tal como lo hace en la colonia Vicente Guerrero don Pedro Arce Maytorell, un campesino de 64 años de edad. De sur a norte San Fernando Velicatá es el último contacto misional del territorio desértico. Entrando a El Rosario, Baja California cambia de rostro. Apenas pasando San Quintín, en un hermoso paraje donde la abundancia de la tierra y la generosidad del clima se expresan en verdes campos y colores florales está la misión de Santo Domingo de la Frontera. Arce Maytorell es desde hace cuatro años el vigilante del sitio. De chico vivió junto a la misión de Santa Catarina en el valle de Guadalupe pero desde 1951 lo hace junto a la misión de Santo Domingo. Ahí comparte una humilde vivienda con su madre Zenona Maytorell Espinoza, de 84 años. En Baja California, cuya historia registra la presencia de ingleses, europeos y estadunidenses, la existencia de apellidos extranjeros en personas de sangre nativa es común. El conjunto de la misión de Santo Domingo a cargo de don Pedro se adivina en los cimientos y muros incompletos ahora protegidos, así como en el panteón misional ubicado al fondo. Una pequeña caseta de acceso conserva las figuras originales de santos ya restauradas, que esperan tiempo y lugar propicio para su exhibición. En esta como el resto de las misiones la cantidad de visitantes es todavía mínima, pero la comunidad se viste de fiesta cada 4 de agosto para celebrar al santo patrono. Una semana de festejos da la bienvenida a los hijos pródigos, a los hombres y mujeres que nacieron en el lugar pero emigraron a poblados y ciudades cercanas para buscar mejores oportunidades. El momento culminante es la peregrinación con la figura de Santo Domingo. “Es muy bonito y hay mucha gente”, recuerda don Pedro. El éxito del proyecto de rescate y preservación misional no se puede entender sin garantizar para custodios como don Pedro y sus comunidades, principalmente las del desierto, mejores condiciones de vida. De acuerdo con la representante del INAH, la idea es convertir estas comunidades en parte de un corredor de interés turístico-cultural que cuente con museos de sitio, información abundante, servicios proporcionados por los residentes locales y hasta facilidades para acampar. “La comunidad es el mejor protector y guardian”, señaló la ensenadense Lucila León, historiadora de la Universidad Autónoma de Baja California, quien ha dedicado una década de su vida a investigar las misiones. De su contacto adolescente con los vestigios nació la curiosidad que definió su vocación y campo de investigación. “La reactivación económica va a apoyar mucho a estas comunidades”, explicó Jorge Echegoyen, Delegado Episcopal para las Misiones por parte de la Diócesis de Tijuana. Entusiasmado por el potencial que tiene el proyecto, el padre Echegoyen promovió la creación de una agrupación civil que ayuda a obtener fondos para costear parte de los trabajos de restauración. |
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| Esto, gracias a un proyecto de rescate y preservación misional creado específicamente para Baja California en 1996, y en que participan el gobierno federal mexicano, la iglesia católica, organizaciones ciudadanas y varias instituciones más. En este juegan un papel clave peninsulares como Teodoro, que han sido custodios de estos tesoros de las Californias. “Son los herederos inmediatos del patrimonio misional”, aseguró la mexicalense Julia Bendímez Patterson, representante del Instituto Nacional de Antropología e Historia en Baja California. Ese patrimonio es un baúl que guarda entre sus más preciadas joyas, un conjunto de 59 sitios misionales establecidos entre Loreto, en Baja California Sur, y el condado de Sonoma, en el estado de California. Baja California Sur cuenta con 21 sitios, Baja California con 17 y California con 21 más. Todos ellos forman el corredor histórico Camino Real Misionero de las Californias, o CAREM, que corre casi paralelo a la carretera transpeninsular en Baja California y continúa por las carreteras 5 y 101 de California. Son el testimonio de un trabajo fundacional emprendido por las órdenes religiosas de los jesuitas, dominicos y franciscanos en un sitio que encarnó la leyenda de una isla llena de fabulosos tesoros, y habitada por bellas amazonas. Así nació en los anhelos del capitán Hernán Cortés y creció en la mente de otros expedicionarios españoles que surcaban los mares buscando aventuras, y que con el tiempo descubrieron que la California de sus sueños era en realidad una península. Sus deseos se materializaron en enormes perlas obtenidas del Golfo de California, y abundantes yacimientos de oro, plata y otros minerales, que salieron de las montañas de la península para enriquecer a la corona española y sostener el virreinato de la Nueva España, cuya sede quedó en lo que hoy es la ciudad de México. Reconstruir la historia a partir de documentos y vestigios materiales se ha convertido en un reto mayúsculo por una simple razón. En Baja California Sur las misiones de cantera y piedra se conservan casi completas y, la mayoría de sus comunidades se mantuvieron activas hasta nuestros días. En el estado de California ocurrió algo similar. En Baja California la mayoría de las misiones fueron construídas con adobe. De ellas quedan en pie solo cimientos parciales y pedazos de algunos muros, que han vuelto a ver la luz mediante cuidadosos trabajos de excavación. |
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| Algunas de estas comunidades quedaron deshabitadas y las misiones fueron abandonadas con el paso del tiempo, luego del retiro de los misioneros. Aún antes de que ello ocurriera, la población fue diezmada debido a que los conquistadores fueron portadores de enfermedades que tuvieron efectos epidémicos sobre los indígenas. Paralelamente al rescate y restauración del patrimonio tangible, se ha profundizado la investigación documental en archivos mexicanos y europeos, para descubrir un pasado que no siempre estuvo lleno de glamour y gloria. Investidos de amplios poderes para imponer un gobierno civil y religioso en California, los misioneros llegaron a evangelizar por la fuerza de las armas. El saldo de la dominación fue en algunos casos sangriento pero lograron vencer la resistencias de las etnias y convertirlas a la fé. Grupos de indígenas se mantuvieron en rebeldía ante los constantes abusos de que fueron víctimas, y en no pocas ocasiones fueron enfrentados con hermanos de sangre asimilados por el gobierno de los conquistadores. Acostumbrados a otros estilos de vida en Europa, los sacerdotes padecieron los rigores de la naturaleza desértica que los indígenas enfrentaron por siglos a fin de obtener los frutos de la tierra y las tempestuosas aguas del Pacífico y el Golfo de California. Del viejo continente trajeron profesionales en diversos oficios. A ellos se debe la introducción de plantas nuevas como la palma de dátil, higuera, avena, fresa, olivos, limones, naranja, rosales, vid, maíz, caña de azúcar, hortalizas y vegetales. También la introducción de nuevas especies como: Cabras, puercos, ovejas, caballos, mulas, gato doméstico, perros. A lomo de mulas y caballos recorrieron la geografía peninsular para identificar los sitios menos inhóspitos, buscando siempre las fuentes de agua potable. Regularmente en torno a estos parajes habitaron las diferentes etnias. Así, junto a un oasis, entre cirios y cardones gigantes y enormes extensiones de terreno rocoso, en los límites con Baja California Sur, se yergue desafiante la Misión de Santa Gertrudis La Magna. Se localiza a unos 36 kilómetros de la población conocida como El Arco. En su derredor hay solo 5 o 6 familias que se mantienen criando becerros o chivos y cultivando pequeños huertos para obtener productos derivados de las semillas que los misioneros trajeron, y que pasado el primer ciclo de labranza adquirieron carta de naturalización bajacaliforniana. “Quedamos más bien los viejos”, dice Manuel Córdova Arballo, un hombre de 72 años que desciende de Cochimíes y desde 1997 cuida el edificio misional. Las instalaciones originales hechas por los jesuitas en 1752 eran de adobe y en 1763 los dominicos la modificaron y construyeron con cantera. Santa Gertrudis tiene forma de "L", el lado mayor mide 26 metros y el menor 22, en sus interiores y exteriores es posible admirar ornamentos góticos, columnas rematadas con obeliscos, hermosas figuras labradas en la roca y otras reminiscencias medievales. Algunos objetos incluyendo figuras de santos, forman parte del inventario original. La casa de don Manuel está a unos metros de distancia y su estilo de vida es tan sencillo como la vida misma de los habitantantes de esta ranchería, quienes carecen del equipamiento doméstico y las comodidades de la vida citadina. La única música que les acompaña son los sonidos ambientales del sitio, el canto de los pájaros y los hambrientos reclamos de los animales de corral. La visita esporádica de sus familiares y la presencia de visitantes son su fuente de intercambio social y entretenimiento. Aquí la luz llegó apenas hace unos cinco años, cuando el gobierno estatal de Baja California obsequió paneles solares que proporcionan un poco de energía eléctrica para cosas indispensables. De este como otros asentamientos humanos del desierto bajacaliforniano, carentes de opciones de desarrollo, los jóvenes han emigrado a ciudades cercanas. Don Manuel es uno de 13 hermanos y procreó 9 hijos pero todos viven fuera. El mismo abandonó el lugar a los 14 años para vivir en Guerrero Negro por mucho tiempo. Ahora vive solo. Antes tenía un centenar de becerros pero los robos y la sequía han reducido su capital a una docena de animales. El mantenimiento y vigilancia de la misión y el panteón representan su fuente de ingreso. A 102 kilómetros de distancia, al norte, en San Francisco de Borja, Teodoro Castillo tiene una doble misión. Además de cuidar y dar mantenimiento utiliza sus conocimientos técnicos para ejecutar personalmente algunos de los trabajos de restauración y protección. Hoy que está conociendo realmente la historia de la misión fundada en su comunidad en 1762, sigue impactado por las técnicas constructivas utilizadas en ella. Particularmente en el horno exterior y la escalinata de caracol que conduce a una segunda planta que nunca se concluyó. Por esta se llega a El Coro, una especie de mezanine ubicado encima de la entrada de la capilla. “Es increíble, todavía estoy asombrado”, exclamó Castillo, quien además cursó estudios de seminarista. Antes que él, su tío Espiridión Romero duró aproximadamente 10 años cuidando la misión. A este le antecedió otro tío, Teodoro Romero, por un lapso de 20 años. Concluir y sellar la bóveda a la altura del altar, eliminar heces de murciélagos, recubrir paredes y techos, rellenar y reponer losetas de pisos donde saqueadores buscaron inútilmente supuestos tesoros ocultos, etc..; es el trabajo que no termina. “si supieran que el verdadero tesoro es esto”, respondió el custodio al tiempo que señalaba el conjunto. Su responsabilidad es también su privilegio. Sólo él y una familia de gorriones comparten el espacio y dentro de estos muros de más de un metro de espesor que protegen de los 95 grados Fahrenheit de calor está su habitación. Son las mismas frescas paredes que conservan los ecos de una bulliciosa y activa comunidad de la que solo quedan referencias escritas en los diarios de los misioneros. Aquí quedaron atrapadas las reflexiones, inquietudes y visión de los evangelizadores, los sonidos del comedor donde se alimentaba a los indígenas, y el salón donde se les adoctrinaba. En contraste don Candelario Acevedo Sainz, no tiene grandes instalaciones que cuidar en los vestigios de la misión de San Fernando Velicatá, cerca del poblado El Progreso, a la altura del kilómetro 114 de la carretera transpeninsular. |
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| Sus esfuerzos están principalmente enfocados a las misiones de Santa Gertrudis y San Francisco de Borja, ambas cercanas y las únicas que permanecen prácticamente enteras por ser de cantera y piedra. Ocasionalmente se ofician misas en ellas. “La protección de los recursos naturales, la presencia de gente nativa, desarrollo económico moderno, comunicaciones y museos comunitarios son aspectos vitales”, afirmó el antropólogo John Foster, quien trabaja para el Departamento de Parques y Recreación de California, institución que administra algunas de las misiones localizadas en la union americana. Foster conoce desde su inicio el proyecto del Camino Real Misionero y no concibe sus exitosos resultados sin el entusiasmo que le imprime Julia Bendímez, la directora del INAH en el estado. “Ella siempre incluye a los nativos, que son los que comparten su experiencia sobre la tradición misional”. El proyecto Camino Real Misionero nació oficialmente en 1995 pero se activó al año siguiente, con la creación de una fundación que involucra a particulares deseosos de impulsarlo mediante la promoción y obtención de fondos. Instituciones educativas y de investigación se sumaron igualmente y se formalizó un convenio de colaboración con el Departamento de Parques y Recreación de California. Julia Bendímez está convencida de que John Foster ha sido uno de los principales motores en la parte binacional del proyecto. Una acción importante se concretó en 1997, cuando el gobierno estatal de Baja California destinó por vez primera recursos para costear obras de acondicionamiento y protección de los sitios. Aún cuando el gobierno federal mexicano a través del Instituto Nacional de Antropología e Historia ha apoyado la investigación misional desde hace mucho tiempo, es hasta el año 2001 cuando otorga un significativo apoyo presupuestal, luego de ver los avances logrados por su oficina regional en Baja California en coordinación con la comunidad. Incluso decidió crear el Programa de las Misiones del Noroeste de México, para impulsar con una visión de conjunto, esfuerzos similares que ya se hacen en Sonora y Baja California Sur. Desde 1996 y 97 el trabajo de rescate misionero ha evolucionado hasta convertirse en una tarea multidisciplinaria. Las misiones se han convertido en un laboratorio de experimentación donde nuevas y cada vez mejores técnicas de restauración se están aplicando. “Todo lo hemos hecho con sangre y con mucho amor”, aseguró Julia Bendimez, directora fundadora del Centro Regional del INAH para Baja California al hablar sobre los logros obtenidos. Tanto le emociona el tema que se define a si misma como misionera: “solo me falta la sotana”. Pese a los avances la tarea está muy lejos de concluir. Aún falta profundizar en los trabajos de excavación, restauración, protección y mantenimiento en varias misiones. Uno de estos proyectos ya inició con la excavación que permitirá desenterrar lo que queda de la Misión de Guadalupe, en el Valle de Guadalupe al norte de Ensenada. En San Francisco de Borja, Teodoro Castillo no se asusta ante el tamaño de la empresa, ni tiene duda sobre su compromiso con el proyecto: “Es un reto para mi terminar esto”. De hecho empeñó su palabra con doña Pilar Romero, su madre, una devota de San Francisco. “Si algo le pasa a este lugar mi madre se muere”, dijo Teodoro. Para Julia Bendímez el CAREM se ha convertido incluso en un proyecto de vida: “Si alguien me pregunta cuál es mi misión en la vida yo diría que son las misiones… dentro y fuera de mi trabajo”. *El autor ejerce el periodismo desde hace 30 años y es actualmente periodista independiente. |
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