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TIJUANA - lunes 4 de abril de 2011 - AFN.
1439

 

¡Estamos hasta la madre! 
 
La expresión no puede ser más elocuente. Refleja la desesperación y frustración manifiesta de un padre que se duele por la muerte de su hijo, junto con sus amigos, jóvenes ellos, apenas en el umbral de sus vidas, por el llamado crímen organizado, ante la ineptitud evidente de un gobierno ineficiente, que raya en la mediocridad.
 
Con ésta frase, en primera plana, aparece la edición número 1795, de fecha 3 de abril del 2010, de la Revista Proceso, junto a una foto de una manifestación encabezada por el propio autor de dicha expresión, que clama justicia por el asesinato de su hijo y de sus amigos.
 
La frase fue tomada de la carta abierta, suscrita por el afligido padre, Javier Sicilia, poeta, narrador, ensayista, periodista, Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 2009, dirigida a los políticos y a los criminales, que propiciaron el artero asesinato de su hijo.
 
Como recientemente la llamada “prensa nacional”, firmó un Acuerdo para la Cobertura Informativa de la Violencia, presuntamente para manejar la información relativa a hechos delictivos, con mayor responsabilidad, a fin de que los medios dejen de ser voceros del crímen organizado y con ello disminuya la percepción de la violencia en México, quizás muchos de ellos, para no incomodar al Presidente Calderón, pondrán oídos sordos ante éste clamor, y minimizarán los hechos, nos permitimos reproducir algunos párrafos de la carta de Sicilia. En tanto que logran conseguir un ejemplar de Proceso, antes que le retiren del mercado.
 
“…El brutal asesinato de mi hijo Juan Francisco, de Julio César Romero Jaime, de Luis Antonio Romero Jaime y de Gabriel Anejo Escalera, se suma a los de tantos otros muchachos y muchachas que han sido igualmente asesinados a lo largo y ancho del país a causa no sólo de la guerra desatada por el gobierno de Calderón contra el crimen organizado, sino del pudrimiento del corazón que se ha apoderado de la mal llamada clase política y de la clase criminal, que ha roto sus códigos de honor”.
 
“…No quiero, en esta carta, hablarles de las virtudes de mi hijo, que eran inmensas, ni de las de los otros muchachos que vi florecer a su lado, estudiando, jugando, amando, creciendo, para servir, como tantos otros muchachos, a este país que ustedes han desgarrado. Hablar de ello no serviría más que para conmover lo que ya de por sí conmueve el corazón de la ciudadanía hasta la indignación. No quiero tampoco hablar del dolor de mi familia y de la familia de cada uno de los muchachos destruidos. Para ese dolor no hay palabras –sólo la poesía puede acercarse un poco a él, y ustedes no saben de poesía–. Lo que hoy quiero decirles desde esas vidas mutiladas, desde ese dolor que carece de nombre porque es fruto de lo que no pertenece a la naturaleza –la muerte de un hijo es siempre antinatural y por ello carece de nombre: entonces no se es huérfano ni viudo, se es simple y dolorosamente nada–, desde esas vidas mutiladas, repito, desde ese sufrimiento, desde la indignación que esas muertes han provocado, es simplemente que estamos hasta la madre”.
 
“…Estamos hasta la madre de ustedes, políticos –y cuando digo políticos no me refiero a ninguno en particular, sino a una buena parte de ustedes, incluyendo a quienes componen los partidos–, porque en sus luchas por el poder han desgarrado el tejido de la nación, porque en medio de esta guerra mal planteada, mal hecha, mal dirigida, de esta guerra que ha puesto al país en estado de emergencia, han sido incapaces –a causa de sus mezquindades, de sus pugnas, de su miserable grilla, de su lucha por el poder– de crear los consensos que la nación necesita para encontrar la unidad sin la cual este país no tendrá salida”.
 
“…Estamos hasta la madre, porque la corrupción de las instituciones judiciales genera la complicidad con el crimen y la impunidad para cometerlo; porque, en medio de esa corrupción que muestra el fracaso del Estado, cada ciudadano de este país ha sido reducido a lo que el filósofo Giorgio Agamben llamó, con palabra griega, zoe: la vida no protegida, la vida de un animal, de un ser que puede ser violentado, secuestrado, vejado y asesinado impunemente”. 
 
“…Estamos hasta la madre porque sólo tienen imaginación para la violencia, para las armas, para el insulto y, con ello, un profundo desprecio por la educación, la cultura y las oportunidades de trabajo honrado y bueno, que es lo que hace a las buenas naciones”.
 
“…Estamos hasta la madre porque esa corta imaginación está permitiendo que nuestros muchachos, nuestros hijos, no sólo sean asesinados sino, después, criminalizados, vueltos falsamente culpables para satisfacer el ánimo de esa imaginación”-
 
“…Estamos hasta la madre porque otra parte de nuestros muchachos, a causa de la ausencia de un buen plan de gobierno, no tienen oportunidades para educarse, para encontrar un trabajo digno y, arrojados a las periferias, son posibles reclutas para el crimen organizado y la violencia”.
 
“…Estamos hasta la madre porque a causa de todo ello la ciudadanía ha perdido confianza en sus gobernantes, en sus policías, en su Ejército, y tiene miedo y dolor”.
 
“…Estamos hasta la madre porque lo único que les importa, además de un poder impotente que sólo sirve para administrar la desgracia, es el dinero, el fomento de la competencia, de su pinche “competitividad” y del consumo desmesurado, que son otros nombres de la violencia”.
 
No hay más que agregar al clamor de Sicilia, o quizás hay demasiado, para recriminar la hipocresía e ineptitud de los políticos, y la exagerada e inhumana ambición de los criminales, pero nos sumamos a ese “…Estamos hasta la madre”, por las condiciones de inseguridad y de violencia que prevalecen en el país.
 
Aunque Felipe Calderón se incomode y quienes sirven a sus intereses, lacayamente se hayan comprometido a guardar silencio, nosotros decimos, una y mil veces, que también estamos hasta la madre. ¡ Hasta la madre !
 
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