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Piden al alcalde reconocer a familias masacradas
*.-La familia Marín y otras, fueron brutalmente agredidas en 1958, por policías locales y estatales para despojarlos de sus terrenos en lo
que ahora es la zona del Río
*.- Piden poner el nombre de Adolfo Marín a una de las calles en la mayor zona comercial de Tijuana, así como un monumento o una placa
*.- Encabezó una lucha de 5 mil familias, que fueron aplastadas por el gobierno
*.- Están por cumplirse 50 años de esta barbarie
TIJUANA BC 25 DE OCTUBRE DE 2008 (AFN).- Tres
renombrados panistas, en su calidad de ciudadanos, están
pidiendo al alcalde Jorge Ramos Hernández, que reconozca
públicamente el valor de varias familias tiuanenses, que en
1958 fueron atacadas brutalmente, tras defender con valor, sus
hogares, en lo que ahora es la zona comercial más importante
de la ciudad.
Los peticionarios, aunque la solicitud la hacen en su calidad de
ciudadanos, han tenido participación política importante en la
entidad, durante los últimos años, como son la ahora viuda de
Salvador Rosas Magallón, la señora Rosalba Camacho; su hija
María Belén Magallón Camacho, ex regidora local y Juan Manuel
Salazar Pimentel, ex procurador de justicia de la entidad.
Al aproximarse la fecha en que se conmemorarán 50 años de
esos hechos sangrientos, los tres connotados miembros del
“viejo panismo” están invitando además a la población, para que
firme una carta mediante la cual se solicita al alcalde que
“analice, discuta y apruebe” el reconocimiento a la “heroicidad y
al valor cívico” demostrados por el señor Adolfo Marín; su
esposa Eloísa Moreno de Marín y los hijos de ambos: José Luís,
Guillermo, Carlos, Oscar y Luís Marín Moreno, así como de
Hildegarda de Marín, esposa de Guillermo.
Junto con éstos, se dice que también deben ser consideradas
las familias de los señores: Refugio González, Pedro
Hernández, Andrés Larendegui, J. Concepción Vega y Manuel
Fernández, además de Martiniano Álvarez, los cuales, la noche
del 30 de diciembre de 1958, fueron brutalmente agredidos por
agentes de las policías municipal, auxiliar y judicial del Estado.
Según la remembranza que hacen los peticionarios, en aquella
fecha, los agentes policíacos, armados con fusiles y
ametralladoras, les causaron graves lesiones y les privaron a
todos de su libertad “entre otros males tan enormes como
injustos, hechos en los que también perdió la vida Alejandro
Padilla Gallegos”.
Por lo que respecta a Marín –quien encabezó la lucha legal de
más de cinco mil familias- su esposa e hijos, así como vecinos
suyos, afirman los solicitantes, que dieron muestra de valor
cívico, de su amor a la libertad y de saber defender “aún con la
vida misma” el derecho que es legítimo, sin importar la
magnitud de la fuerza del poder público que se les opuso.
Por esto, en el sitio en el que en esa fecha fue destruida y
quemada la Quinta de los Marín, en las inmediaciones del
Monumento a Cuauhtémoc, junto con otras casas de los
entonces colonos del Río Tijuana, debe erigirse un monumento
o al menos una placa, donde por siempre se les recuerde como
mártires, agregan los peticionarios.
Y todavía más, demandan que se imponga el nombre de Adolfo
Marín, a la vía pública del actual fraccionamiento de la Zona del
Río, primera etapa, que resulte más cercana al lugar que en
aquel tiempo ocupaba esa Quinta. De igual forma, solicitan que
se incluya en el Calendario Cívico de Tijuana, una
conmemoración anual de ese trágico episodio, que según
afirman, constituye un hito en la formación de Tijuana y su
historia.
En la petición a la autoridad municipal, se pide que en el
reconocimiento se incluya al señor Alejandro Padilla Gallegos,
quien en aquellos hechos perdió la vida atropellado, por el carro
patrulla número 13 de la policía estatal.
Su petición la fundamentan en el hecho de que el 30 de diciembre
próximo, se cumplen 50 años de esa fecha, cuando Adolfo Marín,
su esposa, hijos, nuera y nieto, resultaron con graves lesiones que
ameritaron hospitalización, además de que su casa fue destruida
con el uso de maquinaria pesada y a los restos se les prendió
fuego para desaparecerlos definitivamente.
También recuerdan que en esa misma noche “de abundante
violencia y de sangre” de igual forma fueron atacadas otras
familias residentes del área, cuyos integrantes fueron cruelmente
golpeados, baleados, lesionados y encarcelados, además de que
sus casas destruidas. Martiniano Álvarez de más de 72 años
quedó “casi muerto a culatazos”.
Los agentes que perpetraron ese ataque, respondían a órdenes
del gobernador de entonces, Braulio Maldonado Sández, el cual
hizo traer agentes policíacos desde Mexicali y Ensenada, en tanto
que en la víspera ordenó que fueran cateadas las casas de los
residentes, para asegurarse que el día de la agresión las víctimas
estuvieran inermes y sin contar siquiera con un cuchillo de cocina
para defenderse.
El crimen que el señor Marín cometió para merecer ese castigo
despiadado, recuerdan, fue el luchar por su derecho y tener el valor
de encabezar a las cinco mil familias de colonos del Río Tijuana,
para defender ante los tribunales y por la vía del derecho, sus
posesiones y propiedades que les quería arrebatar el gobernador
del Estado para ejecutar una obra urbanística con la que pretendía
ganar una gran fortuna.
Tras estos hechos, las familias afectadas nunca recibieron de
parte del gobierno del municipio ni mucho menos del estado “una
nota de disculpa, menos aún la reparación del daño material y
moral a que tenían derecho. Y así han pasado los años sumando
décadas de impunidad y olvido, pues ninguno de los autores
intelectuales de aquel ataque, como tampoco sus ejecutores
materiales, nunca jamás recibieron el condigno castigo”.
Por todo lo anterior, los firmantes consideran que la democracia
que hoy día vive Baja California “está en deuda con aquellos
tijuanenses que en verdad defendieron hasta con su vida y a costa
de su libertad y bienestar personal, sus legítimos derechos, y que
supieron enfrentar sin arredrarse el poder abusivo de un gobierno
arbitrario que subvirtió la vida pública y el orden legal”
La Historia de los Marín y sus vecinos
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Carlos Ortega G., en su libro intitulado “Democracia
dirigida con ametralladoras. Baja California 1958-1960”
(Primera edición; 1961; páginas 39-42), detalló los
hechos de aquella noche sangrienta, dando el siguiente
testimonio:
“Precedidos por ráfagas de ametralladoras, más de trescientos
policías se lanzaron contra los hogares de los colonos. Su
primer objetivo fue la casa del señor Adolfo Marín, quien desde
el principio había jefaturado la defensa, firmando todas las
promociones hechas ante las autoridades. El jefe de la horda,
José Venegas Torres, había recibido órdenes de hacer un
escarmiento con la familia Marín, y cumplió con creces la
encomienda.
La concentración de
policías y el cordón
establecido en torno a la
zona del río, hacía prever
que el ataque era
inminente, y en la casa del
señor Adolfo Marín se
hallaban numerosos
colonos, jefaturados por
José Mendoza y Rafaela
Martínez. Asimismo,
estaban allí varios
periodistas, entre ellos
Alejandro Férez, de
Noticias, Víctor y Javier
Ramírez, de El Heraldo, y
Rodolfo García Talavera, del
Baja California.
Al escucharse los primeros disparos, alguien intentó
asomarse a una ventana, pero en ese instante la puerta,
golpeada por una pesada máquina, se derrumbó con gran
estrépito, y una manada de vándalos, ávida de sangre, penetró
al hogar de la familia Marín.
Una ráfaga de ametralladora abatió a la señora Eloísa Moreno
de Marín, de sesenta años de edad, y esto marcó el principio de
la carnicería. Era imposible intentar siquiera la defensa, pues
los esbirros llevaban rifles y ametralladoras, y el día anterior
habían cateado todas las casas y llevándose hasta los cuchillos
de cocina, y luego habían dejado a los agentes de la Policía
Judicial vigilando, a fin de garantizar que los colonos seguirían
inermes.
Los hermanos Marín, al ver caer a su madre, intentaron hacer
algo. Pero José Luís Marín cayó en seguida, con un balazo en el
pómulo derecho; Guillermo fue alcanzado por una ráfaga de
ametralladora en la caja del cuerpo; Carlos recibió un brutal
culatazo en el rostro, que le deshizo la nariz y le abrió en flor uno
de los pómulos. Oscar y Luís, ambos menores de edad, fueron
golpeados en forma brutal con las culatas de los rifles, y
quedaron tendidos, gravemente lesionados; la joven señora
Hildegarda de Marín, esposa de Guillermo, quien se hallaba
encinta y con un pequeño en los brazos, fue arrastrada por los
cabellos y golpeada en forma salvaje.
Don Adolfo Marín se hallaba en la planta alta, y cuando quiso
indagar lo que sucedía, varios forajidos con placa y uniforme se
lanzaron contra él y lo golpearon a su sabor con las culatas de
sus rifles. El líder de la defensa de los colonos fue arrojado
escaleras abajo y quedó tendido exánime, con siete costillas
fracturadas.
Los hijos de don Adolfo Marín que no habían recibido
heridas graves, se hallaban en el interior de una “julia” policíaca,
y a través de las rejillas del vehículo contemplaban, impotentes,
la forma inhumana en que era golpeado, su padre. Y cuando
comenzaron a lanzar gritos, pidiendo piedad a los sórdidos
criminales, las puertas de la “julia” se abrieron, y varios
polizontes les aplicaron una nueva ración de culatazos, hasta
que de nuevo los hicieron perder el sentido.
Con ojos desorbitados, los periodistas que se hallaban en la
casa de la familia Marín contemplaban lo que sucedía a su
alrededor; ellos no fueron atacados, pero en cambio los colonos
que se hallaban allí comentando la inminencia de la agresión,
también fueron golpeados bárbaramente y enviados a la cárcel.
Una vez que todos los moradores de la casa cayeron abatidos,
los vándalos arrastraron sus cuerpos al exterior, y se dedicaron
al más desenfrenado saqueo, cargando con todos los objetos
de valor que hallaron a la mano. Cuando la casa quedó
desmantelada, entraron en acción las máquinas de la
Constructora del Centro; una pesada motoconformadora
arremetió una y otra vez contra los muros, y cuando éstos se
desplomaron, comenzaron a actuar las aplanadoras, que
convirtieron en un montón de escombros la casa y todo lo que
había quedado en su interior.
Pero había que completar la obra, y los restos del hogar de la
familia Marín fueron rociados con gasolina. Una enorme
hoguera iluminó dantescamente los cuerpos de quienes poco
antes se hallaban en su casa, protegidos por un amparo del
juez de Distrito, y ahora se encontraban tirados en el suelo,
desangrándose por sus heridas; el resplandor del incendio del
hogar de la familia Marín también alcanzaba con sus destellos a
otros colonos que, apercibidos de la llegada de los policías,
intentaban inútilmente escapar de la sevicia de los criminales
acaudillados por José Venegas Torres.
Una vez que la enorme pira quedó encendida, la horda de
vándalos, nuevamente precedida por ráfagas de ametralladora,
se lanzó contra los hogares de otros colonos, y la misma suerte
corrida por la casa de la familia Marín cupo a las de Refugio
González, Pedro Hernández, Andrés Larendegui, J. Concepción
Vega, Manuel Fernández y otros muchos, amén de que al señor
Martiniano Álvarez, de 72 años, lo dejaron medio muerto a
culatazos.
Quizá sea inexacto afirmar que los polizontes hayan sido
despachados al cumplimiento de su macabra misión bajo los
efectos de alguna droga; pero en verdad cuesta trabajo concebir
que seres humanos normales procedan con tanta villanía y tanta
furia.
El cielo de Tijuana se iluminó siniestramente con el resplandor
de los incendios, y el eco de las ráfagas de ametralladora,
resonando lúgubremente, convenció a los tijuanenses de que el
tan esperado arrasamiento se estaba consumando en esos
precisos momentos.
Solidarizado con los residentes de la zona del río, el pueblo de
Tijuana decidió socorrerlos; pero varios centenares de
polizontes, entre agentes de la Judicial de la policía del Estado,
de Tránsito y policías municipales de Mexicali y Ensenada,
reforzados por miembros de la Auxiliar, formaban un cordón
alrededor de la zona atacada.
Armados hasta los dientes, los policías cerraron el paso a todos
los que intentaban romper el cordón; quienes insistieron en
socorrer a los sitiados, fueron a dar a la cárcel. Todo fue
minuciosamente planeado, y las víctimas no tenían oportunidad
ni de defenderse ni de recibir ayuda.
Nueve heridos de bala, numerosos golpeados a culatazos, que
en su gran mayoría sufrieron fracturas, diez fincas arrasadas e
incendiadas, y más de treinta detenidos, fue el saldo de la noche
de terror. Una vez cumplida su misión, los policías y las
máquinas de la Constructora del Centro se retiraron, dejando
tras de sí sólo ruinas humeantes.
Braulio Maldonado seguramente imaginó que los demás
colonos, al ver lo que les había ocurrido a quienes fueron
escogidos para la operación guerrera, optarían por abandonar
sus propiedades, antes de correr la misma suerte de quienes
habían visto sus hogares destruidos y sus carnes desgarradas
por las balas, de los sicarios braulianos. Careciendo de
habilidad hasta para delinquir, el cacique quizá creyó que Rosas
Magallón no podría demostrar que había pisoteado el amparo
de la justicia federal, ya que en el momento oportuno ordenó el
retiro de los policías y de las máquinas.
Mientras tanto Rosas Magallón, frenético, trató inútilmente de
conseguir que el actuario, uno de los secretarios o el propio juez
de Distrito interino fueran a dar fe lo que estaba ocurriendo;
porque todos ellos tuvieron una buena disculpa.
Pero aunque el personal de Juzgado de Distrito, incluso el
propio juez Langle Martínez que salió de vacaciones la víspera,
hubieran estado confabulados para permitir a Braulio
Maldonado que cometiera el despojo, era casi imposible
desalojar a sangre y fuego a cinco mil familias; por otra parte,
aunque se hiciera de la vista gorda ante las violaciones al
amparo de la justicia federal, el juez interino, Pablo Hernández
Carlos, con todo y ser un individuo timorato, no podía desatender
las instancias de Rosas Magallón.
Al día siguiente, el actuario del Juzgado de Distrito tuvo que ir a
dar fe de que varias decenas de ciudadanos, que estaban bajo
la protección de la justicia federal, y no podían legalmente ser
aprehendidos, se hallaban en la cárcel de Tijuana, y que otros
muchos, presentando heridas de bala y fracturas causadas por
las culatas de los rifles de las diversas policías, permanecían
encamados en el hospital civil.
El agente del Ministerio Público de uso, Raúl Llamosas Herrera,
sostuvo que quienes se hallaban detenidos habían sido
sorprendidos en flagrante delito; pero como no mostró pruebas
de su aseveración, ni pudo mencionar cargos concretos contra
quienes habían sido privados de su libertad, el licenciado Rosas
Magallón exigió al juez de Distrito que ordenara la libertad de los
presos, y pidiera el auxilio de las tropas federales, a fin de
impedir que los otros colonos amparados fueran igualmente
agredidos y encarcelados.
Varios centenares de ciudadanos se habían agolpado en las
afueras de la cárcel de Tijuana, esperando el desenlace y
cuando vieron salir a Rosas Magallón al frente de los colonos
que habían sido presos, los recibieron con una estruendosa
ovación.
Dos días después, se pidió que las tropas federales hicieran
respetar el amparo del juez de Distrito, desalojando a los
policías del Estado que, por creer que el gobernador había
ganado la pelea, de nuevo habían tomado posesión de los
terrenos donde aún se alzaban los montones de cenizas a que
fueron reducidos los hogares de los colonos. Cabe mencionar
que los matarifes jefaturados por José Venegas Torres, a la
hora del crimen, semejaban guerreros temerarios e invencibles,
como que sabían que sus víctimas estaban inermes; pero al
llegar el primer camión con las tropas del Ejército, los
polizontes, olvidándose hasta de sus ametralladoras, salieron a
escape; algunos subieron penosamente los desfiladeros que
rodean el cauce por la parte que da a la Colonia Ruiz Cortines, y
otros salieron de estampida a todo lo largo del lecho seco del
río.”
8.- Además de ese testimonio valioso, existen las notas publicadas
por el periódico local “EL HERALDO”, que confirma como un hecho
efectivamente sucedido, la agresión de que fueron víctimas los
Marín y sus vecinos, antiguos colonos del lecho del río de Tijuana.
La crónica de aquellos días puede ser consultada en las ediciones
de ese diario de Tijuana, a partir 31 de diciembre de 1958, y en
buena parte de los ejemplares del mes de enero de 1959.
“EL HERALDO”, en su edición del 31 de diciembre de 1958,
publicó a ocho columnas el encabezado “A SANGRE Y FUEGO
SACARON DE SU CASA A LA FAM. MARIN”, con el cual presentó la
siguiente nota principal:
“PADRES E HIJOS FUERON BRUTALMENTE BALACEADOS Y
GOLPEADOS POR AGENTES DE LAS POLICÍAS ESTATAL Y
AUXILIAR.-

casa de la familia Marín fue primero allanada y luego incendiada
por los esbirros que decían que obedecían “órdenes de arriba”.-
Más de cien policías de la estatal, judicial local y la auxiliar pedida
expresamente por el Ministerio Público Lic. Llamosas Herrera,
sacaron anoche a sangre y fuego de sus terrenos a la familia del
colono del Río, Adolfo Marín, hiriendo a todos ellos a balazos y
golpes para después en una increíble orgía de salvajismo,
prenderle fuego a la casa de dos pisos, destruyendo cuanto había
en ello. Huerta, corrales, almacenes y otras construcciones
quedaron convertidas en cenizas sobre las que ahora están
trabajando las máquinas de la Constructora del Centro, que
permanecían inactivas en poder de los colonos.-

Todavía hace 24 horas la
familia Marín estaba
recibiendo la visita del Ing.
Jesús González Gutiérrez,
Delegado Supervisor del
Gobierno del Estado, quien
les hizo la promesa de que no
habría violencias,
asegurándoles a la vez que
aceptaran el 10 por ciento que
el Gobernador Maldonado les
ofrecía de los terrenos que
poseían. Tal cosa sucedió
ayer a las 10 de mañana, y a
las ocho y media de la noche, hordas de salvajes enardecidos,
recibiendo órdenes de “arriba” como ellos señalan al gobierno del
Estado, asaltaron con descargas cerradas la residencia de la
indefensa familia que a esa hora tranquilamente cenaba.- Adolfo
Marín resultó con el cráneo roto a punto de culatazos y presenta las
huellas brutales de los puntapiés que recibió en diversas partes
del cuerpo. Su esposa Eloísa M. de Marín recibió dos balazos en la
pierna derecha; su hijo Guillermo recibió un tiro que le atravesó el
costado izquierdo y es el más grave; tiene también golpes en todo
el cuerpo y el rostro destrozado por los pistoletazos que le
asestaron los polizontes asaltantes; José Luis, otro de los
hermanos Marín, también quedó seriamente golpeado.”

LA SEÑORA MARÍN GRITABA
QUE NO LES HICIERAN FUEGO.-
A las primeras descargas que los
agentes policíacos hicieron sobre
la casa, salió la señora de Marín
vestida de blanco gritando que no
dispararan más porque estaban
indefensos. Salió a la puerta de
la casa y fue arrojada al suelo a
puntapiés. Después decenas de
agentes se introdujeron y sacaron
a rastras a Guillermo, así como a
la esposa de su hermano señora
Hildegard, de nacionalidad alema-
na, que se encuentra
embarazada y que sostenía a otro
pequeño en sus brazos. El señor
Marín que estaba en el piso
superior y de allí fue bajado a
golpes que recibía en el cráneo y
resto del cuerpo. Casi
inconsciente y a rastras lo
sacaron de la casa para subirlo
junto con los demás miembros
de su familia a la “Julia” número
1, conduciéndoseles
primeramente al Puesto de
Socorros de la Cruz Roja y
después al Hospital Civil.
Encabezaban a los exaltados
policías el Jefe de la Judicial José Venegas Torres y el Jefe de la
Auxiliar José Moncayo.- LAS VÍCTIMAS RECONOCEN A QUIENES
LOS HIRIERON.- Guillermo Marín al ser entrevistado esta mañana
en la celda de detención del Hospital Civil declaró que el balazo
que le causó la herida en el costado izquierdo se lo disparó el
agente judicial Blas Curiel cuando estaba caído después de recibir
un pistoletazo en la cara y trataba de incorporarse. Por su parte, la
señora de Marín todavía atemorizada y sufriendo los dolores de las
heridas que le causaron los dos balazos, dijo que su heridor era
un agente al parecer de la policía estatal o judicial de apellido
Cuevas, al cual describe como un individuo alto, robusto, blanco y
con anteojos, señas particulares que en verdad coinciden con las
del citado policía.- El señor Marín y los demás miembros de su
familia dijeron no haber reconocido entre sus atacantes sino al jefe
Venegas Torres, pero sin poder precisar quienes fueron los
primeros que los golpearon.- LA SRA. SOLO TRATA DE SABER DE
SU ESPOSO E HIJOS.- La señora Marín ocupa una cama del cuarto
de distinción (¿detención?) número 17 del Hospital. Se negó a
decir quién la había balaceado y solo pedía que le dijeran cómo se
encontraba su esposo e hijos. Después de que mencionó el
nombre del Agente Cuevas como su heridor expresó sus deseos
de irse a vivir al extranjero “cuando se restablezcan”... “porque en
nuestra patria, dijo, no tenemos garantías”. Nada pide contra los
agresores. Su esposo todavía está anonadado por los efectos de
los golpes y su rostro está casi desfigurado. A él y a Guillermo se
les tiene en la celda “en calidad de detenidos” y con policía
vigilándolos. La señora también está en calidad de detenida.-
José Luis y la señora Hildegarde de Marín estaban arrestados
juntos con otras 36 personas de quienes sólo se mencionaron
estos nombres: Refugio Rolón Nietas, Rosa Ma. Zaragoza Rolón,
Catalina Dueñas de Jáuregui, María Luisa Morales, Vicente Álvarez
Vega, Arturo Marín Moreno (de la familia agredida) y Ramón
Velázquez Espinoza, todos ellos golpeados. Se les detuvo cuando
se acercaron a la casa de la citada familia cuando era balaceada
por la policía.”

9.- El periódico The San
Diego Union de San Diego
California (E.U.A.) en su edición
del 31 de diciembre de 1958,
bajo la firma del periodista BRIAN
DUFF, publicó el relato de los
hechos, bajo el intitulado “3
SHOT, 7 HOMES BURNED IN
POLICE RAID ON FARMS IN TIA
JUANA RIVERS BOTTOMS.”
El contenido de esa nota confirma lo publicado en Tijuana por
EL HERALDO y por los demás periódicos locales, y al igual que
éstos, también publicó fotografías que muestran a algunos de los
heridos, el incendio de las casas y los restos humeantes de ellas.
Así, el The San Diego Union confirma que hubo la intervención
policíaca el día 30 de diciembre de 1958, en los ranchos del lecho
del río de Tijuana, dejando heridos de bala y otros lesionados y
decenas de personas detenidas, así como hogares destruidos por
el fuego.
El mismo periódico The San
Diego Unión, en su edición del 1
de enero de 1959, publicó como
noticia central, la que tituló:
MALDONADO OUSTER ASKED,
en la cual refirió que 35 líderes
de diversas organiza-ciones
civiles encabeza-ron un
movimiento para pedir al
gobierno federal la desaparición
de poderes del Estado de Baja
California, en protesta por la
intervención policiaca del 30 de
diciembre de 1958, ocurrida en el
lecho del río de Tijuana.
10.- Además de lo anterior, para comprobar los hechos,
también es útil el archivo particular del licenciado Salvador Rosas
Magallón, abogado de los colonos del río de Tijuana, en cuanto a
sus posesiones y propiedades y defensor de los colonos que
aquella noche del 30 de diciembre de 1958 fueron encarcelados.
Amén de los expedientes de los juicios de amparo en los que el
Juzgado de Distrito concedió a los colonos la suspensión para que
no fuesen privados de su libertad.
Adolfo Marín, junto con otros colonos del río de Tijuana,
promovió ante el único Juzgado de Distrito, los juicios de amparo
números 530/58 y 597/58, en los cuales se había concedido a los
quejosos la suspensión en contra de los actos que reclamaron
para no ser despojados de sus bienes, para que no se les
molestara en el libre ejercicio de su posesión, y entre muchas
otras, presentó formal denuncia por escrito ante el Agente Federal
del Ministerio Público, el día 25 de diciembre de 1958, denunciando
la violación a la suspensión concedida, haciendo del conocimiento
de esa autoridad que al quejoso JESÚS RAMÍREZ CANALES, que
había tenido conocimiento de que se le iba a hacer víctima de una
invasión, inició la colocación de un cerco para resguardar su
propiedad, pero para impedir que lo terminara, la policía lo
aprisionó, infiriéndole una molestia que fue violatoria de la
suspensión otorgada y constitutiva de un delito previsto en la Ley de
Amparo.

11.- En la secuela de aquellos
hechos, perdió la vida el vecino
ALEJANDRO PADILLA
GALLEGOS, que fue
atropellado y muerto por un
agente policíaco estatal que
conducía con exceso de
velocidad el carro patrulla
número 13 sobre el otrora
bulevar Reforma de la zona del
río de Tijuana. Sus funerales
fueron una manifestación de
duelo y de protesta, según lo
publicaron tanto The San Diego
Union, como El Heraldo de esta
ciudad.
12.- El actual fraccionamiento del río de Tijuana, abarca el lugar en el cual se ejecutó aquel
despreciable acto de barbarie.
El sitio en el cual se erguía la casa de don Adolfo Marín y las de las otras personas afectadas,
actualmente corresponde a las inmediaciones del monumento a Cuauhtémoc, el bulevar
Cuauhtémoc, el Paseo de Los Héroes, y el bulevar Sánchez Taboada.